El conflicto permanente del bien y el mal


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Mucha gente aún no es consciente que la lucha entre el bien y el mal es algo constante y permanente, ella se produce en la familia y en el trabajo, en la ciudad y en el Estado, entre amigos y con desconocidos, los podemos apreciar diariamente al observar las noticias, pugnas de poder entre países, persecución religiosa contra cristianos en Medio Oriente y en el mundo .

Explicar el mal en nuestros días cada vez se hace más difícil a causa de una sociedad que no es consciente sobre lo que es pecado y sus consecuencias; eso trae como consecuencia que muchos no tengan la necesidad del perdón y por supuesto en seguir a Jesucristo.

La historia, la antropología, la psicología y por supuesto la religión han intentado explicar lo que significa el mal y su consecuencia más básica como es el pecado.  La literatura lo ha expresado a partir de la magia negra como el caso de los escritos de Tolkien y en fábulas incluso acercándose a la teología como es el caso de S.S.Lewis, la famosa serie de La guerra de las galaxias, las celebraciones de fiestas paganas como Halloween entre otras, las prácticas del Reiki, Yoga, feng shui, bioenergética, meditación trascendental entre otras prácticas, para la búsqueda de una paz interior y del autoconocimiento, donde nos centramos en el individualismo y creemos que con el uso de técnicas y energías, solucionaremos nuestros conflictos y aliviaremos el sufrimiento que estamos pasando.

Lo que muchos desconocen es que lo ocurrido cuando se originó el pecado se repite en la vida de cada hijo de Dios.  Así como dicho evento logró cambiar la historia apacible y pacífica en todo el universo y se inició una batalla tan grande que incluso hizo que el Hijo de Dios muriera vilmente en una cruz; también se libra una batalla en la vida de cada una de las personas que habitamos en este mundo.

El mal y el pecado tuvieron su origen en el cielo y en un ángel perfecto llamado Lucifer, quien se reveló, y tomó una posición contraria a los designios de Dios (Ezequiel 28: 16-19; Isaías 14:12-14).  Posiblemente  nos sea difícil comprender lo que allí ocurrió a causa de la distancia enorme en tiempo y también a causa de la pecaminosidad que compartimos todos, sin embargo lo que allí aconteció cambió el rumbo de la historia para siempre.

Este aspecto se hace muy necesario comprender a la hora de tomar decisiones en cuanto a nuestra vida como cristianos, porque la estrategia satánica no cambia; sigue siendo la misma y en la que millones son controlados y así evita que el triunfo de la cruz sea efectivo en la vida de quienes se someten a él.

 Si consideramos el actuar de Lucifer, podríamos entender muchas de las cosas con las que él ahora como Satanás hace caer a los hijos de Dios.

La Palabra de Dios nos informa que hubo una guerra literal en el cielo (Apocalipsis 12:7-9), esa guerra no ha concluido, aunque la cruz es una especie de certificado de triunfo para los que aceptan a Jesús y un certificado de defunción para los que definitivamente no lo aceptan.  La guerra por el bien y el mal ha tenido distintos ribetes, tanto en el cielo como en la tierra, ha sido descarnada, y todo por la arrogancia de uno que quiso tomar el lugar de Dios.

Satanás a través de los tiempos ha utilizado poderes políticos para destruir físicamente a los seguidores de Cristo, y sabe que lo que aconteció en la cruz es el cumplimiento de la profecía de Génesis 3:15, que anunció su derrota y finalmente su extinción que ocurrirá al fin de la historia de la redención.

Hoy deberíamos tener cuidado con teorías que permean incluso la mente de un cristiano, no se olvide que Satanás, -que sabe que está perdido-, dedica todo su tiempo y esfuerzo en hacer que las personas,- incluso los cristianos-,  se pierdan también.  Por ello utiliza la misma estrategia desde siempre, porque sabe que los seres humanos somos factibles de engañar a causa de la autosuficiencia.

El gran problema de nuestra sociedad es que ha dejado a Dios a un lado y ha establecido un camino viable a la autoconservación y en su búsqueda de respuestas, se siente satisfecho por sus logros y por las respuestas que la experiencia y lo empírico le da, alejándose cada vez más de la fe.  En otras palabras, esta acción es de independencia, similar a la de Satanás cuando se reveló en el cielo, algo totalmente contrario a lo que Dios desea para sus hijos, Él espera una rendición total y absoluta y una total y absoluta dependencia.

Por esto es que incluso los valores y estilos de vida cristianos, cada vez son menos preciados y considerados incluso ‘atentatorios’ con las libertades de las personas, el mismo argumento de Lucifer en el cielo.  Por ello es que me atrevo a señalar que existe una ausencia de la conciencia sobre lo que es pecado y lamentablemente esta ausencia incluso esta permeando la conciencia de quienes nos consideramos cristianos, sistematizando lo que es bueno y lo que es malo, dejando a un lado lo que Dios ha señalado en su Palabra.

La lucha por el bien y el mal se libra en cada uno, es invisible, pero es sorprendentemente fuerte.  Pablo lo señala de manera muy clara, describiendo el conflicto como una lucha que no es “contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6: 12).

El apóstol tenía muy claro lo que acontecía porque el mismo había tenido que enfrentar el poder diabólico en su ministerio, sin embargo también dio testimonio de los triunfos gracias al poder de Dios actuando en su vida.

Cómo vencer?

Generalmente las batallas tienen un ganador y un derrotado.  En lo que se refiere al aspecto definitivo Cristo ha ganado la batalla, Él mismo lo dijo describiendo su misión en la tierra, “para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1Juan 3:8), es decir Satanás ha sido derrotado y espera que su condena sea efectiva cuando Dios termine por completo con el pecado (Apocalipsis 20:10).
El gran tema es ¿cómo podemos librar la batalla y salir victoriosos?  Lo primero a considerar es que el tenor de la batalla no es físico sino espiritual y por lo tanto las fuerzas en combate son sobrenaturales, por lo tanto desde ese punto de vista, no estaríamos en condiciones  de enfrentar con nuestras fuerzas el embate de la batalla.

¿Cómo entonces podemos salir victoriosos? 

La única manera en que podemos librar exitosamente la batalla en medio del gran conflicto entre el bien y el mal es depositando toda la confianza y seguridad en los méritos de Cristo.  Así como la promesa mesiánica en Edén sobre el triunfo de Cristo en la cruz (Génesis 3:15) se ve reflejada en sus palabras: “porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Allí es donde radica el éxito sobre el mal, aceptando primero el sacrificio sustitutivo de Cristo y recibiéndolo día a día, siguiendo sus preceptos y aceptando la voluntad de Dios, la única forma que podemos sostenernos es mediante la oración constante, la eucaristía, confesión y comunión, sin estos elementos jamás estaremos protegidos de los ataques permanentes que estaremos recibiendo en nuestro diario vivir.

En este sentido la vida cristiana debería experimentar un crecimiento ‘en Cristo’ y no en nuestras fuerzas.  Este crecimiento que se edifica en un triunfo diario en el conflicto entre el bien y el mal y allí  cobra fuerza la acción del Espíritu Santo en la mente de quien le permita actuar, fortaleciendo y entregando herramientas para el triunfo, por ello es que Pablo dice que ya no vive él sino Cristo (Gálatas 2:20) y por ello nos anima a seguir su ejemplo en fortalecer nuestra vida cristiana en Cristo (Filipenses 4:13).

Al finalizar no podemos olvidar que es imposible vencer esta lucha espiritual sobrenatural sin un poder espiritual sobrenatural; para ello es indispensable la oración que nos pone en comunión con Dios y nos hace dependientes de Él y en la Biblia que permite atender las indicaciones de parte de Dios para nuestro diario vivir, porque con Cristo somos más que vencedores (Romanos 8:37).

ORACION:

Dios del Cielo, Dios de la Tierra, Dios de los Ángeles, Dios de los Arcángeles, Dios de los Patriarcas, Dios de los Profetas, Dios de los Apóstoles, Dios de los Mártires, Dios de los Confesores, Dios de las Vírgenes. Dios que puedes dar la vida después de la muerte, el descanso después del trabajo, porque no hay otro Dios sino tú, Creador de todas las cosas visibles e invisibles, cuyo reino no tendrá fin. Con humildad nos dirigimos a tu Soberana Majestad rogándote te dignes librarnos. Amén.

De las acechanzas del Demonio, …líbranos Señor.

Que te dignes Señor conceder a tu Iglesia la seguridad y la libertad para servirte,… te rogamos Señor nos escuches.

Que te dignes humillar a los enemigos de la Santa Iglesia, … te rogamos Señor nos escuches.

Amén

ORACION A SAN MIGUEL ARCANGEL:

Por la Señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro. En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Gloriosísimo Príncipe de los Ejércitos Celestiales, San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate contra las principados y potestades, contra los gobernadores de estas tinieblas, contra los espíritus de maldad en los aires ¡ven en auxilio de los hombres que Dios ha hecho a su Imagen y semejanza, y rescatado a tan alto precio de la tiranía del demonio!

Eres tú a quien venera la Santa Iglesia como su Guardián y su Protector; a ti ha confiado el Señor las almas, redimidas para introducirlas en la felicidad del Cielo. Ruega al Dios de Paz que aplaste a Satanás bajo tus pies, a fin de despojarle de todo poder de retener cautivos a los hombres y de perjudicar a la Iglesia.

Dígnate presentar al Altísimo nuestras Oraciones para que prontamente desciendan sobre nosotros las Misericordias del Señor, y vence a la antigua serpiente que es el diablo o Satanás, para precipitarlo encadenado a los abismos, de manera que no pueda ya jamás seducir a las Naciones. Amén.

ORACION DE PROTECCION CORAZA DE SAN PATRICIO:

Me envuelvo hoy día y ato a mi una Fuerza Poderosa, la invocación de la Trinidad, la fe en las Tres Personas, la confesión de la Unidad del Creador del Universo.

Me envuelvo hoy día y ato a mí la fuerza de Cristo, con su bautismo, la fuerza de su Crucifixión y entierro, la fuerza de su Resurrección y Ascensión, la fuerza de su vuelta para el Juicio de la Eternidad.

Me envuelvo y ato a mí la fuerza proveniente de los méritos de todos aquellos que ya están unidos a Dios para siempre en la eternidad, especialmente la fuerza de los méritos de María Santísima, San José, San Juan Bautista y mis Santos Patronos.

Me envuelvo hoy día y ato a mí la fuerza del Espíritu Santo que fortaleció a los Apóstoles en Pentecostés, la fuerza del amor de los Querubines, la obediencia de los Ángeles, el servicio de los Arcángeles, la esperanza de la resurrección para el premio, las Oraciones de los Patriarcas, las predicciones de los Profetas, las predicaciones de los Apóstoles, la fe de los Mártires, las buenas obras de los Confesores.

Me envuelvo hoy día y ato a mí el Poder del Cielo, la luz del sol, el brillo de la luna, el resplandor del fuego, la velocidad del rayo, la rapidez del viento, la profundidad del mar, la firmeza de la tierra, la solidez de la roca.

Me envuelvo hoy día y ato a mí la Fuerza de Dios para orientarme, el Poder de Dios para sostenerme, la Sabiduría de Dios para guiarme, el ojo de Dios para prevenirme, el oído de Dios para escucharme, la Palabra de Dios para apoyarme, la mano de Dios para defenderme, el camino de Dios para recibir mis pasos, el escudo de Dios para protegerme, los Ejércitos de Dios para darme seguridad contra las trampas de los demonios, contra las tentaciones de los vicios, contra las malas inclinaciones de la naturaleza, contra todos los que desean el mal, de palabra, obra y pensamiento, de lejos y de cerca, estando yo solo o en la multitud.

Convoco hoy día a todas las Fuerzas Poderosas, que están entre mí y esos males, para oponerlas contra los encantamientos de los falsos profetas, contra las leyes negras del paganismo, contra las leyes falsas de los herejes, contra la astucia de la idolatría, contra los conjuros de las brujas, brujos y magos, contra todos los que me envidian y planifican cómo destruirme, contra la curiosidad que daña el cuerpo y el alma del hombre.

Invoco a Cristo para que me proteja hoy contra el veneno, el incendio, el ahogo, las heridas, para que pueda yo alcanzar abundancia de premio.

Cristo conmigo, Cristo delante de mí, Cristo detrás de mí, Cristo en mí, Cristo sobre mí, Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda, Cristo debajo de mí, Cristo en la anchura, Cristo en la longitud, Cristo en la altura.

Invoco a Cristo para que este en el corazón de todo hombre que piensa en mí, Cristo en la boca de todos los que hablan de mí, Cristo en todo ojo que me ve, Cristo en todo oído que me escucha.

Me envuelvo hoy día y ato a mí una Fuerza Poderosa; la invocación de la Trinidad, la fe en las Tres Divinas Personas, la confesión de la Unidad del Creador del Universo.

Del Señor es la Salvación, el Señor es la fuerza de la Salvación, Cristo es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian para servirle con santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días. Amén.

ORACION A SAN BENITO ABAD:

Glorioso Padre Benito, ayúdanos en la lucha contra el demonio, el mundo y la carne. Aleja de nosotros cualquier influencia maligna, las tentaciones, el poder del Mal, los peligros para nuestro espíritu y para nuestro cuerpo.

Ayúdanos a confiar en el Amor de Dios nuestro Padre, en la Fuerza de Cristo nuestro Salvador, y en la Presencia del Espíritu Santo nuestro Defensor. Amén.

ORACION A JESUS, EL JUSTO JUEZ:

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Señor Jesucristo, Dios de vivos y muertos, Eterno Sol de Justicia, encarnado en el casto vientre de la Virgen María, por la salud del linaje humano, Justo Juez, Creador del Cielo y de la Tierra, y muerto en la Cruz por mi amor. Tu que fuiste envuelto en un sudario y puesto en un sepulcro del que al tercer día Resucitaste vencedor de la muerte y del Infierno. Justo y Divino Juez, oye mis súplicas, atiende a mis ruegos, escucha mis peticiones y dales favorable despacho.

Tu voz imperiosa serenaba a las tempestades, sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos como a Lázaro y al hijo de la viuda de Nahím. El imperio de tu voz ponía en fuga a todos los demonios, haciéndolos salir de los cuerpos poseídos, y dio vista a los ciegos, habla a los mudos, oído a los sordos y perdón a los pecadores, como a la Magdalena y al paralítico de la piscina. Tu te hiciste invisible a tus enemigos, a tu voz retrocedieron cayendo por tierra en el huerto, los que fueron a aprisionarte, y cuando expirabas en la Cruz, a tu poderoso acento se estremecieron los orbes.

Tú abriste las cárceles a Pedro y lo sacaste de ellas sin ser visto por la guardia de Herodes; tú salvaste a Dimas y perdonaste a la adúltera. Te suplico, Justo Juez, me liberes de todos mis enemigos, visibles e invisibles. La sábana santa en que fuiste envuelto me cubra; tu sagrada sombra me esconda, el velo que cubrió tus ojos ciegue a los que me persiguen, y los que me deseen mal ojos tengan y no me vean, manos tengan y no me tienten, oídos tengan y no me oigan, lengua tengan y no me acusen, y sus labios enmudezcan en los tribunales cuando intenten perjudicarme.

Oh Jesucristo, Justo y Divino Juez, favoréceme en toda clase de angustias y aflicciones, lances y compromisos, y has que al invocarte y aclamar al imperio de tu poderosa y Santa voz llamándote en mi auxilio, las prisiones se abran, las cadenas y los lazos se rompan, los grillos y las rejas se quiebren, los cuchillos se doblen y toda arma que sea en mi contra se inutilice; ni los caballos me alcancen, ni los espías me miren ni me encuentren.

Tu Sangre me bañe, tu manto me cubra, tu mano me bendiga, tu Poder me oculte, tu Cruz me defienda, y sea mi escudo en la vida y en la hora de mi muerte.

Ho Justo Juez, Hijo del Eterno Padre, que con El y con el Espíritu Santo eres un solo Dios verdadero; oh Verbo Divino hecho hombre, yo te suplico me cubras con el manto de la Santísima Trinidad, para que libre de todos los peligros y me glorifique tu Santo Nombre. Amén.

Divino y Justo Juez, acompáñame en mi vida, oh Verbo divino hecho hombre, yo te suplico me cubras con el manto de la Santísima Trinidad para que me libres de todos los peligros y me glorifique tu Santo Nombre. Amén.

Divino y Justo Juez, acompáñame en mi vida, líbrame de todo peligro y accidente; defiéndeme de mis enemigos y socórreme en mis necesidades. Amén.

 

La confianza en Dios


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Cuando tomamos nuestra cruz para seguir a Cristo, estamos diciendo que no importa cuán grande es nuestro dolor o sufrimiento, que vamos confiados siguiendo a Jesús. Es que tomar la cruz y seguirle es encaminarnos hacia la santidad. Cuando hemos aceptado ese reto, entonces es cuando nos dejamos convertir por el amor de Cristo, pero eso no solamente se queda allí en una “conversión” ficticia y sin sentido porque, existen momentos en los que las realidades de la vida nos desaniman y entonces ya no queremos seguir cargando la cruz. Pero, cuando dejamos que esa cruz nos transforme, es decir que nuestro corazón confía plenamente en ese amor que nos sostiene, entonces sabemos que estamos dando los pasos firmes para la santidad.

Esa es nuestra misión primordial, la de alcanzar la santidad por medio de una transformación real de corazón y no simplemente de una “conversión” externa que no profundiza en el amor de Dios. El Nuevo Catecismo nos dice: “A los apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios.”

Pero, ¿cómo realizaremos esa “misión”? Es más, ¿Qué es la misión a la que estamos llamados? Nos dice el Nuevo Catecismo: “Así, todo laico, por los mismos dones que ha recibido, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma “según la medida del don de Cristo.”

Todos y cada uno de nosotros recibimos un bautismo, que nos invita a hacernos partícipes del conglomerado de la Iglesia, sabiendo que cada uno tiene su parte integral en el Cuerpo. Recordemos lo que nos dice Pablo en la primera Epístola a los Corintios 12: 24-27, en donde expresa que, todos somos parte de un sólo Cuerpo místico de Jesús y que, aun siendo parte del mismo Cuerpo, todos somos diferentes, pero con la misma función de hacer que el Cuerpo se mantenga firme y saludable y no solo eso, sino que, además, es nuestro deber de vigilar que así como parte del Cuerpo, debemos de llevar una vida santa y sin mancha (Lev 19: 2; 20: 26), de la misma manera, vigilar también para que los otros miembros del Cuerpo lleguen a la misma santidad. En términos bíblicos, “santidad” significa “apartado para el Señor.”

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. El Apóstol les amonesta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5: 3) y que como «elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia» (Col 3: 12) y produzcan los frutos del Espíritu para la santificación (Ga 5: 22; Rom 6: 22). Pero como todos caemos en muchas faltas (St 3: 2), continuamente necesitamos la misericordia de Dios y todos los días debemos orar: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6: 12).

Formados en el sufrimiento:

Debemos de entender que el propio camino de la santidad, implica en muchas ocasiones, atravesar un momento de sufrimiento y ciertamente de dolor, ya que, ello mismo es lo que nos conduce y nos dirige a la virtud real en nuestras vidas. Leer 2 Cor 6: 1-10

El verdadero cristiano, reconoce que el sufrimiento es esperanza y reto. Con frecuencia una persona puede “seguir en su jornada,” porque ha sido moldeado espiritualmente por el dolor y el sufrimiento. Leer 2 Cor 12: 1-10. Leemos también en Lumen Gentium: “Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados (Mt 5: 1-11), y «el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un breve padecer, los perfeccionará y afirmará, los fortalecerá y consolidará» (1 Ped 5: 10).” LG 41 párrafo 6

San Pablo escribe: “Nos sentimos seguros hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia; de la paciencia, el mérito, y el mérito es motivo de esperanza.” (Rom 5: 3-5). Al reconocer esto en nuestro servicio, entonces podremos comprender el amor verdadero al que estamos llamados en camino hacia la santidad con la cruz sobre nuestros hombros. Porque Jesús nos dice en el Evangelio, “…si se aman los unos a los otros, en eso reconocerán que son mis discípulos.” Jn 13: 34-35

Por otro lado, como bautizados en nuestra bendita Iglesia, somos movidos a actuar más allá de nuestro egocentrismo en favor de los necesitados porque conocemos a Cristo en la profundidad de su propio sufrimiento. A esto somos llamados.

“El llamado de los laicos a la santidad es un regalo del Espíritu Santo. Su respuesta es un regalo para la Iglesia y para el mundo.” Conferencia de Obispos Católicos

Este llamado, además de invitarnos a la santidad, nos encamina así mismo a la madurez espiritual. Ya no podemos dedicarnos a servirle a Dios con una actitud de niño malcriado. No podemos decir que nuestro servicio está en el de evangelizar cuando somos unas pequeñas criaturas que se quejan de todo en la vida. Nos hemos vuelto berrinchudos y caprichudos y hasta nos tiramos al suelo poniéndonos de verde y morado cuando no se hace lo que queremos sobre los demás. Es imposible alcanzar nuestro destino sino estamos dispuesto a madurar espiritualmente. Leer Heb 5: 12-15

Si estás pasando por alguna situación difícil en tu vida razón o situación en tu vida hoy te sientes débil, debo recordarte que el poder de Dios vive en ti.

¿Te han insultado últimamente? ¿Estás padeciendo algún tipo de necesidad emocional, física, material? ¿Haz sido perseguido, difamado? ¿Por alguna razón te sientes angustiado?

Tengo que decirte algo: “En cualquier momento, vas a ver con tus propios ojos, manifestado El Poder de Dios: En tu vida, en la de los tuyos, en tu trabajo, en tus finanzas”.

Sólo recuerda, que DIOS obra con SU poder, y a veces de una manera tan grande y tan suprema, “mucho más allá de lo que podemos entender”.

Pero, por lo pronto, en medio de tu debilidad o tu necesidad, debes sentirte seguro que la presencia del Dios todopoderoso habita dentro de ti. 

Tú caminas, hablas, sonríes, obras con el convencimiento de que tú eres portador de su unción y poder a donde quiera que vayas.

Aunque a veces momentáneamente no lo veas o no lo sientas, TÚ eres hijo, hija de Dios, y recuerda que su poder se manifiesta en el corazón humilde y en la debilidad.

El Apóstol Pablo le rogó a Jesús que le quitara una aflicción personal que azotaba su vida, y una carga que aparentemente era para él una limitación. Jesús le dio esta respuesta, la que luego el Apóstol Pablo escribió:

2 Corintios 12:9-10,   “Y me ha dicho (Jesús): «Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad».”

…Por tanto,  de buena gana (dice El Apóstol después de escuchar esa palabra directamente de Jesús), me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades (o limitaciones), en insultos, en necesidades, en persecuciones, en angustias. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte…”

En otras palabras, si hoy te sientes débil, triste o angustiado, una vez más levanta tu rostro con firmeza y echa mano del gozo de Jesús en medio de tu tribulación que escrito está que en el punto más bajo de tu vida, es cuando el poder de Dios se manifiesta de la manera más grande y maravillosa.

Espéralo, es seguro. Dios nunca falla. Tú sigues siendo su hijo amado.

Cuando vienes a Cristo en reconocimiento de tus debilidades, Él a menudo cambia tu mayor debilidad en tu mayor fortaleza. A Dios le encanta cambiar nuestra mayor debilidad en nuestra mayor fortaleza. Si sientes que tienes una fe débil o incluso que no tienes fe, depende de Dios y permítele cambiarte en tu mayor fortaleza.

Pero eso sólo pasa a través del poder de Dios. La Biblia nos dice que hay una conexión directa entre la fe y el poder. Entre más fe tienes en Dios, más poder y más bendiciones tendrás en tu vida.

Jesús ilustró esto en Mateo 13, donde fue a una visita en su ciudad natal, Nazaret. La Biblia dice: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra y en su propia casa. Y por la incredulidad de ellos, no hizo allí muchos milagros.”  

Dios bendice a la gente que no tiene miedo de confiar en Él completamente. Cuando le das tu confianza, Dios te llena con Su poder. En la Biblia, Abraham es considerado el padre de la fe. Dice: “Ante la promesa de Dios no vaciló como un incrédulo, sino que se reafirmó en su fe y dio gloria a Dios.” Romanos 4:20

 

La gracia de Dios


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Gracia es palabra que denota la belleza, la bondad, el encanto, el reconocimiento (la lengua española tiene una palabra bellísima: ¡gracias!).

Para la fe cristina la gracia encierra todos estos significados y mucho más: designa el amor que el Señor manifiesta por todos los hombres. Tal amor culmina en el don que Dios hace de su propio Hijo Jesucristo, el cual se hace hombre para que los hombres lleguen a ser hijos de Dios y herederos de sus bienes, llamados a habitar en su misma casa, el Paraíso.

La gracia, esto es, la vida divina en nosotros, es ofrecida por Dios generosamente, no se niega nunca a nuestras oraciones, y en la justa medida nos socorre en nuestras necesidades.

Los hombres tienen un solo deber: el de acogerla. Aun cuando pueda parecer increíble, a menudo el hombre no acepta este don maravilloso del amor de Dios. Pero Dios insiste y nos repite a cada uno de nosotros como al Pueblo de Israel: “Abre la boca, que te la llene” (Sal 81, 11). Ábrela, pues, de otro modo continuarás vagando por el desierto, en la estepa, y serás infeliz.

San Agustín, que había experimentado la soledad de quien está alejado de Dios, ha podido pronunciar aquellas famosas palabras: “Mi corazón está inquietud, Señor, hasta que descanse en ti”.

A menudo confundimos misericordia y la gracia con frecuencia. Mientras que los términos tienen significados similares, la gracia y la misericordia no son lo mismo. Para sintetizar la diferencia vemos que, misericordia es que Dios no nos castigue como lo merecen nuestros pecados, y gracia es que Dios nos bendiga a pesar de que no lo merezcamos. La misericordia es la liberación del juicio. La gracia es la bondad que se extiende a quienes no la merecen.

De acuerdo a la Biblia, todos hemos pecado (Eclesiastés 7:20; Romanos 3:23 y Juan 1:8). Como resultado de ese pecado, todos merecemos la muerte (Romanos 6:23) y la condenación eterna en el lago de fuego (Apocalipsis 20:12-15). Considerando eso, cada día que vivimos es un acto de la misericordia de Dios. Si Dios nos diera lo que merecemos, todos estaríamos, ahora mismo, condenados por una eternidad. En Salmos 51:1-2, David clama, “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado.” Una súplica a Dios por misericordia es pedirle que detenga el juicio que merecemos, y en vez de ello nos conceda el perdón que de ninguna manera nos hemos ganado.

No merecemos nada de Dios. Dios no nos debe nada. Todo el bien que experimentamos, es el resultado de la gracia de Dios (Efesios 2:5). La gracia es simplemente un favor inmerecido. Dios nos da cosas buenas que no merecemos y que nunca podríamos ganar. Rescatados del juicio por la misericordia de Dios, la gracia es cualquier cosa y todo lo que recibimos más allá de esa misericordia (Romanos 3:24). La gracia común se refiere a la gracia soberana que Dios otorga a toda la humanidad, independientemente de su condición espiritual ante Él, mientras que la gracia salvadora es esa dispensación especial de gracia, por la que Dios extiende soberanamente la inmerecida asistencia divina sobre Sus elegidos para su regeneración y santificación.

La gracia es un don sobrenatural mediante el cual Dios nos hace partícipes de su vida trinitaria.

¿Cómo se divide la gracia?

La gracia se divide en santificante y actual.

¿Qué es la gracia santificante?

La gracia santificante es un don permanente y sobrenatural, es decir, superior a las posibilidades de la naturaleza, que eleva y perfecciona nuestra alma haciendo que seamos hijos de Dios y herederos del cielo.

¿Qué es la gracia actual?

La gracia actual es una intervención de Dios que mueve al alma hacia el bien sobrenatural?

¿Por qué se llama actual?

Se llama actual porque no es una cualidad permanente, sino una ayuda transitoria.

¿Hay alguna relación entra la gracia santificante y las tres virtudes teologales?

La gracia santificante está siempre acompañada de las tres virtudes teologales y de los dones del Espíritu santo.

¿Es verdad también lo contrario, esto es, que las tres virtudes teologales están siempre unidas a la gracia?

No, lo contrario no es siempre cierto, porque también quien está privado de la gracia santificante puede conservar la fe y la esperanza, mediante las cuales con la ayuda de la gracia actual puede comprender el camino de retorno a Dios, es decir, de la plena conversión.

¿La gracia santificante es compatible con el pecado mortal?

La gracia santificante no es compatible con el pecado mortal, que se llama precisamente “mortal” porque, haciendo perder la gracia santificante, destruye la vida sobrenatural del alma.

¿Qué es la justificación?

La justificación es el pase del estado de pecado al estado de gracia.

¿Cómo viene la justificación?

En quien no está bautizado la justificación viene a través de la fe que conduce al sacramento del bautismo. Por el contrario, en el caso de un pecador ya bautizado la justificación viene mediante el sacramento de la Penitencia o Confesión.

¿Qué significa la expresión: “estar en gracia de Dios”?

“Estar en gracia de Dios” significa poseer la gracia santificante, es decir, tener el alma libre del pecado mortal.

¿Es importante vivir la gracia de Dios?

Vivir en gracia de Dios, y en particular morir en gracia de Dios, es la única cosa verdaderamente importante para el hombre.

¿Cómo se llama el don por el cual el hombre obtiene morir en gracia de Dios?

El don por el cual el hombre obtiene el morir en gracia de Dios se llama “perseverancia final”.

¿Cómo se puede obtener la perseverancia final?

El gran don de la perseverancia final puede ser obtenido con la oración humilde y confiada, hecha confiando sobre todo en la intercesión de la Bienaventurada Virgen maría, a la cual pedimos a menudo que interceda por nosotros “en la ora de nuestra muerte”.

¿Qué es el mérito?

El mérito es un cierto derecho de recibir una recompensa por las propias acciones. Dios concede gratuitamente este derecho a quien está en estado de gracia, por el cual las acciones buenas realizadas por el hombre merecen un aumento de la gracia misma y, si el hombre persevera hasta el final, la vida eterna.

¿Qué es la santidad cristiana?

La santidad cristiana es aquel estado en el cual el hombre, habiendo así alcanzado la plena conformación con Cristo, vive la caridad de manera perfecta bajo la guía del Espíritu Santo.

Aciprensa