La conversión en el cristiano

TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

En el lenguaje teológico, conversión significa normalmente un impulso espiritual hacia Dios tal como se comunica a sí mismo en Cristo y en el Espíritu Santo.

DATOS BÍBLICOS.

La conversión es un concepto integral en la Biblia, aunque no siempre aparece con este nombre en las traducciones. En el Antiguo Testamento está directamente relacionada con el hebreo “sub”, el duodécimo verbo de uso más frecuente, que significa volver atrás, devolver o retornar. También se asocia con el hebreo “niham”, que significa estar triste o lamentar. En el NT las dos principales palabras que indican “volver” son “episstrepho” y “metanoeo”. Este último y sus afines indican una renovación de mente y de corazón, sincero arrepentimiento. Un pasaje clave en los Evangelios sinópticos es Mat. 18:3: “A menos que os convirtáis y seáis como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos” (Versión Aceptada). En la Neb la primera parte dice: “A menos que déis la vuelta ….” En el desarrollo de la tradición católica la conversión se asoció cada vez más a los sacramentos del bautismo, penitencia y confirmación. Se dijo que en el bautismo uno recibe la remisión de los pecados, pero para aquellos cometidos después del bautismo uno debe recurrir al sacramento de la penitencia, que implica la confesión de los pecados, la absolución por el sacerdote y los actos de penitencia, que mitigan la severidad de las consecuencias temporales del pecado. A medida que el misticismo penetró la espiritualidad católica, la conversión llegó a estar asociada con la primera etapa del camino místico, la purga, que, se espera, conducirá a la iluminación, y por último, a la unión contemplativa. El comienzo del camino iluminador a menudo estaba marcado por lo que se llamó segunda conversión.

La espiritualidad monástica, muy influida por el misticismo, tuvo una doble bendición del Espíritu, en el bautismo y en la dedicación monástica. Con frecuencia se hace referencia a esta última como un segundo bautismo, una segunda conversión. Se le consideraba una nueva habilitación del Espíritu para la vocación; en este contexto la conversión significa retiro del mundo, compromiso de vida religiosa.

Juan el Bautista y Jesús hacen de la conversión individual (metánoia) un tema básico de su proclamación. Juan llama al arrepentimiento y a las buenas obras ante la inminencia del juicio de Dios (Mt 3,1-2; Me 1,1-8; Le 3,1-20). Jesús añade al mensaje de Juan la buena noticia de que Dios está ya estableciendo su reino a través del amor y la misericordia. La conversión es para Jesús una condición para la fe, el discipulado y la salvación.

Los términos epistrophé y metánoia son frecuentes en Lucas y Hechos, que unen la conversión con la misericordia (Lc 10,37; 24,47; He 3,19), la fe (He 2,38; 10,43), el bautismo (He 2,38; 10,47), la paz interior y el gozo (Lc 7,50; 15,32; 17,6), el don del Espíritu Santo (He 2,38; 10,45; 11,15-18), la vida (He 11,18) y la salvación (Lc 8,12; 19,9). Pablo y Bernabé exhortan a los paganos a apartarse de los ídolos hacia el Dios vivo (He 14,15). La conversión de Pablo, tres veces descrita en Hechos, implica tanto la iluminación personal como una vocación al apostolado (He 9,1-19; 22,346; 26,9-18).

Pablo utiliza ocasionalmente términos como metánoia (Rom 2,4; 2Cor 7,9-10; cf 12,21) y epistrophé (1Tes 1,9; cf 2Cor 3,16); pero él expresa mucho más a menudo la idea de conversión por medio de metáforas, como la de morir y resucitar de nuevo y la de lograr un cambio de vida (Rom 6,4; 1Cor 6,11). Habla de una progresiva transformación hacia nuevos grados de gloria (2Cor 3,18). Para Juan, al igual que para Pablo, llegar a la fe implica la idea de conversión; es un paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. En el Apocalipsis,-la conversión se considera como una condición para el perdón (Ap 2,16.22; 3,3). Se trata de abrir el propio corazón a Jesús, que llama y desea entrar (3,19). El puesto central de la conversión en la catequesis primitiva está señalado en Heb 6,1 en un contexto que subraya la necesidad de perseverancia (Heb 6,4-6).

ENSEÑANZA Y LITURGIA DE LA IGLESIA OFICIAL.

Varios concilios de Occidente han configurado de modo decisivo la doctrina católica sobre la conversión. El segundo concilio de Orange (529), confirmando algunas posturas antipelagianas de Agustín, enseñó la absoluta necesidad de la gracia y de la iluminación del Espíritu Santo para efectuar el asentimiento a la predicación del evangelio e incluso para el deseo de la fe y el bautismo (DS 373-377).

El concilio de Trento, en su decreto sobre la justificación (1547), declaró tanto la libertad de la conversión como la primacía de la gracia de Dios (con citas de Zac 1,3 y Lam 5,21; cf DS 1525). En su descripción de los actos mediante los cuales la gente se dispone para la justificación, Trento mencionaba la fe, el temor de la justicia de Dios, la esperanza en la misericordia de Dios, el amor incipiente, la abominación del pecado y el arrepentimiento que conduce al deseo del bautismo y a una determinación de obedecer a los mandamientos de Dios (DS 1526). Trento señalaba también que la conversión continúa a lo largo de la vida a medida que se progresa en la fe, esperanza y caridad por la práctica de buenas obras (DS 1535).

El concilio Vaticano I (18691870) declaró que mientras la Iglesia, “como estandarte levantado entre las naciones”, invita hacia sí a todos los que todavía no creen, el Señor incita y ayuda con su gracia a aquellos que andan buscando la luz de la verdad, conduciéndoles hacia la fe católica (DS 3014). La fe cristiana y católica, aunque es siempre un don de Dios, es un asentimiento razonable y no ciego (DS 3009-3110).

Para el concilio Vaticano II (1962-1965), la conversión comienza con ser “arrancado del pecado e introducido en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación personal con él en Cristo” (AG 13). La conversión debe ser moral y físicamente libre; han de evitarse tácticas de proselitismo indignas. Las motivaciones de los conversos deben ser examinadas y, si fuera necesario, purificadas (AG 13; cf DH 1l). El concilio utilizó el término “conversión” al hablar de la actividad misionera dirigida a los no cristianos; pero al referirse a los cristianos que vienen a la Iglesia católica habló más bien de “el trabajo de preparación y reconciliación de cuantos desean la plena comunión católica” (UR 4).

En orden a facilitar la plena conversión de las personas que entran en la Iglesia, el Vaticano II decretó que se restaurara el catecumenado de adultos (SC 64-66; AG 14). El nuevo Ritual de iniciación cristiana de adultos, con sus varias etapas sucesivas, está diseñado para garantizar una sincera renuncia al mal y una participación comprometida en la muerte y resurrección de Cristo, así como una integración social dentro de la Iglesia como comunidad de fe y culto.

La importancia de los testimonios intelectuales de conversión

La fe cristiana, desde el principio, ha suscitado conversiones a su alrededor. Porque es una llamada a la conversión («convertíos y creed en el Evangelio» Mc 1,15). Por eso son muchos los casos de conversiones a lo largo de la historia. De la mayoría no nos queda testimonio o solo un testimonio genérico. En parte, por el comprensible pudor con que estas cosas se tratan. En parte también por la dificultad de poner por escrito un itinerario interior tan delicado: que exige percibir a cada paso lo que sucede y conservarlo con claridad en la memoria.

Pero algunas veces nos encontramos con casos de intelectuales que han vivido conscientemente su conversión como un proceso y son capaces de relatar sus etapas. Ya lo hizo, de una manera magistral, san Agustín. Y sus Confesiones han quedado como un modelo en este género de literatura religiosa. Y también mostraron su interés y su papel para el mejor conocimiento y la difusión del mensaje evangélico.

Tiene un gran interés que personas con vida intelectual nos cuenten su conversión. Son más capaces de analizar y describir evolución, las distintas situaciones por las que han pasado con su contexto, y el peso que tuvieron diversos elementos e ideas. Así su relato adquiere una fuerza, que es verdaderamente literaria, no por artificio, sino por la realidad que toca, que es profundamente humana.

No es que, necesariamente, estas conversiones sean, en sí mismas, más perfectas, más valiosas o más auténticas que otras menos conocidas o que no han dejado huella literaria. No se pueden establecer tales baremos en estas experiencias. Se trata simplemente de que, al haber sido expresadas, se prestan al análisis. Y éste tiene un alto interés, tanto para la teología, que piensa el mensaje cristiano en sus implicaciones intelectuales, como para la evangelización, que trata de difundirlo y hacer que llegue a los corazones de los hombres.

De una manera semejante a lo que sucede con los experimentos cruciales en el ámbito de una ciencia, con estos testimonios podemos acceder a estratos del espíritu humano y de la vida cristiana, que, en las circunstancias normales, no se nos muestran tan claramente. La conversión afecta a muchas dimensiones del ser humano: Desde el punto de vista antropológico, nos sumerge en las profundidades de los resortes del espíritu. Desde el punto de vista literario, es un tema privilegiado, por su dramatismo y profundidad. Desde el punto de vista teológico, nos descubre con trazos vivos la verdad existencial de los misterios cristianos (Palabra, Gracia, Sacramentos, Iglesia). Desde el punto de vista de la evangelización, nos señala prioridades y nos sugiere formas mejores de ofrecer el mensaje. Y siempre nos recuerdan la absoluta primacía de la gracia de Dios.

Los grandes relatos de Newman, Edith Stein, Chesterton, García Morente y Lewis, siguen la huella trazada por San Agustín en sus Confesiones, y se convierten, ellos mismos, en grandes testimonios humanos y literarios y en caminos de conversión.

El converso es un antídoto contra la mediocridad, contra el acostumbramiento, contra la inercia de las sociedades sociológicamente cristianas. El converso percibe la novedad, se da cuenta de la maravilla de la fe. Tiene la sensibilidad entera y despierta: lo ve todo junto, con ojos nuevos, no acostumbrados, con todos sus perfiles. Tiene capacidad de admirarse ante lo admirable. Está en una situación peculiar (que no resiste la naturaleza humana por mucho tiempo). Es un revulsivo para los cristianos acostumbrados. Nos presta ese extraordinario servicio. Abre un camino y su vida se convierte en un argumento, en una manera particularmente viva de mostrar la fe. (En cambio, para el converso, la mediocridad de lo que encuentra a su alrededor, la falta de entusiasmo en la fe, frecuentemente se convierte en una nueva prueba). Y, en muchos casos, los grandes relatos de conversos son una ayuda inestimable para los que están en el mismo camino de conversión y pasan por pruebas semejantes. Se sienten animados y acompañados.

Hay que tener en cuenta que el ser humano es un ser profundamente social. Aunque hoy esté de moda pensar que cada uno puede hacerse una fe a su medida, el hecho es que cada persona es muy dependiente de sus tradiciones y de las posiciones que existen en su ambiente. Ni se parte de cualquier sitio, ni se llega de cualquier modo. Ordinariamente, sólo con una gran honestidad y esfuerzo personal, y conducido por alguna manifestación de lo cristiano (y por la gracia de Dios), se consigue el grado de independencia necesario para convertirse. Por eso, son, en general, casos solitarios, bastante conscientes de su proceso espiritual.

Tipos de conversiones

La palabra «conversión» (metanoia; en griego) tiene un sentido dinámico: significa un cambio de dirección de la mirada o del avance; en sentido espiritual, es un volverse hacia Dios y caminar hacia Él. Lo contrario de la famosa definición de pecado atribuida a San Agustín: «aversio a Deo et conversio ad creaturas»: separarse de Dios para convertirse a las criaturas. Ahora se trata de apartarse de otras cosas y volverse hacia Dios. Convertirse, para el cristianismo, es encontrar el verdadero rostro de Dios, tal como nos ha sido revelado en Cristo, «Camino, verdad y vida» (Jn 14,6). Como desea la hermosa bendición israelita, «que el Señor te muestre su rostro» (Nm 6, 24-26).

Generalmente, cuando hablamos de conversiones, nos referimos a procesos de personas que llegan a la fe. Pero también existen conversiones morales. Siempre ha habido personas que han sentido una llamada apremiante a seguir de cerca a Jesucristo. Así nos consta de San Bernardo, San Francisco de Asís, B. Ramón Llull, Pico della Mirandola, S. Ignacio de Loyola, Pascal, Chateaubriand, los románticos alemanes Friedrich von Schlegel y Novalis. En algunos casos, es sólo decidirse a vivir la vocación cristiana en serio. En la literatura espiritual, se llama « segunda conversión», a este cambio. Y el ejemplo tradicional es el de santa Teresa, cuando, después de muchos años de ser monja, siente una vibrante llamada a tomárselo definitivamente en serio.

Las conversiones a la fe son otra cosa. Parten, obviamente, de una situación de increencia. Los protagonistas tienen que ser personas que han abandonado la fe, o que pertenecen a grupos que tienen otra fe o ninguna. En la antigüedad, en la primera expansión del cristianismo, se dieron muchas conversiones de personas que procedían de otras religiones. Era un caso normal y estadísticamente frecuente, y lo siguió siendo durante varios siglos, cuando se convirtieron los pueblos de Europa. Durante el primer milenio, Europa se convirtió en un espacio cristiano, con escasas minorías religiosas (sobre todo, judíos y, en el sur, musulmanes).

Desde la mitad del segundo milenio (s. XVI), el cristianismo se expandió hacia otras zonas geográficas y fueron evangelizados los pueblos americanos, africanos (subsaharianos) y asiáticos (Filipinas). Es una época misional, que después será continuada hasta bien entrado el siglo XX. En la misma mitad del siglo XVI se produjo también la ruptura de la unidad religiosa del occidente cristiano y aparecieron varias confesiones cristianas (anglicanos, luteranos, calvinistas, etc.), que después darían lugar a muchas otras al trasladarse a los Estados Unidos.

En un tercer momento, después de cien años de guerras religiosas y, en parte por cansancio de ellas, se desarrolló en Occidente un proceso de secularización, impulsado por una rama de la Ilustración (francesa y alemana). Por primera vez, surgieron formas sociales de increencia, con sus propias tradiciones, que se perpetúan. Desde entonces, hay familias y ambientes «laicos», refractarios, ajenos o críticos ante la fe: materialista-cientifista, republicano-laicista-liberal, socialistas y comunistas; y más modernamente, algunos grupos verdes, alternativos y libertarios. Esta es una nueva clase de ateos o incrédulos con respecto al mundo antiguo.

Con este breve marco histórico, podemos establecer las distintas situaciones de las que proceden los conversos del siglo XX y dividirlos en cinco grupos:

– los católicos que habían perdido la fe o apenas la llegaron a tener y la recuperan;

– los que proceden de una tradición «laica», materialista, atea o agnóstica; son muchos.

– los que proceden de otras confesiones religiosas en las que se ha dividido históricamente el cristianismo (luteranos, calvinistas, anglicanos, baptistas, metodistas, etc.) o de sectas de origen más o menos cristianos.

– los que proceden del judaísmo; que es un grupo significativo en la primera mitad del siglo XX.

– los que proceden de otras religiones no cristianas (Islam, Budismo, Hinduismo, etc.): esto sucede principalmente en los territorios de misión propiamente dicha.

Son casos muy distintos. Para aquellos que han perdido la fe o no llegaron a tenerla muy viva, se trata de un redescubrimiento, cosas que sabían vagamente se vuelven vivas y operativas. Para los que proceden del agnosticismo o del ateísmo o de otras religiones, la fe es una luz que cambia totalmente el sentido y el marco de sus vidas. En el caso de los que proceden de otras confesiones cristianas, se trata de una recuperación de la unión original de la Iglesia: frecuentemente, sienten la incorporación como un volver a casa, sin que tengan que separarse de lo auténticamente cristiano que ya han vivido. Para los que proceden del judaísmo, si han tenido formación religiosa, perciben la relación entre el Antiguo y Testamento y recorren un camino semejante al que recorrieron los primeros cristianos al encontrar a Cristo y reconocerlo como el Mesías esperado por Israel; en muchos otros casos, más bien proceden del ateísmo materialista o del agnosticismo.

A menudo aparecen en los medios de comunicación noticias sobre conversiones de personajes famosos: escritores e intelectuales,  artistas, científicos, activistas sociales , políticos,… Sus historias son muchas veces atractivas e impactantes. Cada caso es único y original. Algunos abrazan la fe tras un dilatado proceso de búsqueda; en otros, el cambio se produce de manera repentina; los hay que llegan a Cristo por la cabeza y quienes lo hacen por el corazón; quienes encuentran o retornan a Dios después de una crisis existencial, y quienes lo alcanzan sin turbulencias interiores; quienes estudian la razones de la fe antes de dar el paso, y quienes solo después de darlo sienten la necesidad de conocer más y mejor aquella fe a la que ya se han entregado totalmente.

Cuando Jesús inicia su ministerio público en Galilea no pretende simplemente enseñar una nueva doctrina o un arte de vivir. Su intención es proclamar un acontecimiento extraordinario, el Evangelio de Dios, que Él sintetiza con un doble anuncio: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca»; al que sigue una doble exhortación: «convertíos y creed en el evangelio» (Mc 1,14-15).

La conversión cristiana es un asunto de amor y, por tanto, cuestión de dos: Dios y el hombre, siendo Dios quien tiene la iniciativa. Refiriéndose a su conversión, el periodista italiano Vittorio Messori comenta: «Por lo general, se hacen buenos propósitos de cambio de vida. Yo no la cambié. Me fue cambiada».

Por parte del hombre, la conversión auténtica no es el resultado de modas o de caprichos. Tampoco es pura cuestión de sacrificios y renuncias. Como afirma Benedicto XVI en encíclica Deus Caritas est, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida».

Indudablemente, la vida nueva que abraza le exige al converso abandonar aspectos negativos de su vida anterior. Pero ‑contrariamente a lo que pudiera pensar un observador superficial‑ el corazón del convertido no está presidido por un sentimiento de triste abnegación. Al contrario: son nuevos aires de verdad y libertad los que llenan desde entonces su naciente existencia. «El convertido no es uno que renuncia: es uno que conquista» (Igino Giordani). No es un perdedor, sino un ganador; no un infeliz, sino un afortunado que ha respondido a un Amor que le ha salido al encuentro y le ha conquistado.