La fe y el sufrimiento humano

La experiencia del dolor y del sufrimiento en nuestra vida se acepta y nos fortalece solo en la fe.

El dolor y el sufrimiento son realidades que están constantemente presentes en la vida de todo ser humano. La muerte, la enfermedad y las dificultades familiares, laborales, sociales y económicas son algunos ejemplos de las vicisitudes que afligen cotidianamente nuestra existencia.

En el Antiguo Testamento, Job, el justo, ilustra muy bien esa situación humana del esfuerzo y el sacrificio que labran nuestro vivir diario, cuando dice: «la vida del hombre sobre la tierra es una continua lucha» (Jb 7,1).

Desde una dimensión humana, el dolor y el sufrimiento suscitan preguntas inquietantes: ¿Por qué sufrimos? ¿Se puede considerar positiva la experiencia del dolor? ¿Quién nos puede librar del sufrimiento y de la muerte? Interrogantes existenciales que, en la mayoría de los casos, quedan humanamente sin respuesta, dado que sufrir constituye un enigma inescrutable para la razón (cf. Benedicto XVI, Discurso en su visita pastoral a San Giovanni Rotondo, 21 de junio de 2009).

El sufrimiento forma parte del misterio mismo de la persona humana y, ciertamente, como lo expresa Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi: «conviene hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento […], pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque […] ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal […], fuente continua de sufrimiento» (n. 36).

Podríamos comparar el sufrimiento, tanto moral como físico, con una espada de doble filo. Algunos hombres ante situaciones muy dolorosas llegan a dudar y hasta renegar de la presencia de Dios en su vida. Otros, por el contrario, frente a profundas experiencias de sufrimiento inician un camino de conversión que les lleva a una relación más íntima y sobrenatural con el Señor.

Humanamente chocamos con la imposibilidad de evadir las cruces y los sufrimientos que nos acompañan frecuentemente. Por lo tanto, es necesario enfrentar el dolor con realismo y al mismo tiempo con un hondo sentido sobrenatural. De esta forma, el cristianismo nos ayuda a comprender un poco lo que significa el sufrimiento, trascenderlo y superarlo (cf. Card. Javier Lozano Barragán, El dolor, ¿enigma o misterio?, discurso pronunciado en Aquisgrán, Alemania). Desde esta misma perspectiva, el Papa Benedicto XVI, refiriéndose al dolor, dice: «lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que sufrió con amor infinito» (Spe Salvi, n.37).

La experiencia del dolor y del sufrimiento en nuestra vida se acepta y nos fortalece solo en la fe. Desde esta óptica, la fe nos ayuda a penetrar el sentido de todo lo humano y, por consiguiente, también del sufrir. Así pues, existe una íntima relación entre la cruz de Jesús y nuestro dolor, que se transforma y se sublima cuando se vive con la conciencia de la cercanía y de la solidaridad de Dios (cf. Benedicto XVI, Discurso en su visita pastoral a San Giovanni Rotondo, 21 de junio de 2009).

Cuando tomamos una postura sobrenatural ante el dolor y el sufrimiento hacemos una experiencia de purificación que nos lleva a madurar y crecer en la fe, la esperanza y el amor. El dolor, como el jardinero, poda las ramas secas y enfermas del árbol para que florezca y dé abundantes frutos. En el sufrimiento, aceptado con fe, tenemos una oportunidad única para valorar y apreciar mejor la vida humana. De esta forma, nos hacemos más sensibles y compasivos ante el dolor ajeno.

En conclusión, el sufrimiento es una experiencia que forma parte íntima de nuestra existencia. Por lo tanto, la realidad del dolor humano adquiere un valor y un sentido trascendente a la luz de la fe en Dios. Desde esta perspectiva, el venerado Papa Juan Pablo II decía en la Encíclica Fiedes et Ratio: «¿dónde podrá el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino en la luz que brota del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?» (n. 12).

Jesucristo con su Resurrección nos llena de esperanza ante los infortunios que envuelven nuestra vida porque el creyente camina hacia el cumplimiento de las Bienaventuranzas: «dichosos los que sufren porque ellos serán consolados» (Mt 5,3-10).

 

Autor: Diego Calderón, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores