Dios frente a la ciencia, Ateísmo


 

 

Dios frente a la Ciencia, Ateísmo

De manera muy frecuente escuchamos a ateos diciendo que Ciencia y Religión son conceptos opuestos, que no se puede tener fe en Dios y ser científico, con lo cual, nos encasillan, a quienes tenemos fe, como una horda de incultos ignorantes, y nos ven como un grupo de hombres estancados en la evolución intelectual.

Los argumentos ateos son muchísimos, y por tanto en este artículo tratare de responder a tres vertientes de debate:

·         La existencia de Dios y el Origen del Universo

·         Iglesia Vs Ciencia: El caso Galileo Galilei

En palabras de Richard Dawkins, zoólogo y activista ateo

“Como científico, soy hostil hacia la religión fundamentalista porque ella activamente corrompe el trabajo científico. Nos enseña a no cambiar de opinión; y a no desear saber cosas excitantes que están disponibles para que las sepamos. Subvierte a la ciencia y debilita al intelecto.”

Definamos primero quienes son los ateos:

ateo, a.

(Del latathĕus, y este del grἄθεος).

1. adj. Que niega la existencia de Dios. Apl. a pers., u. t. c. s.

 

Con lo cual, un verdadero ateo no tendría porque perder su tiempo persiguiendo y atacando a algo no existente, yo no creo en la existencia de hombres lobo, y francamente  no ando buscando a quienes creen los hombres lobos habitan en nuestro mundo, para demostrarles están en el error. Considero que los ataques que vemos por parte de algunos llamados ateos, son más bien anti teístas (odian a Dios), con lo cual, sin quererlo dan importancia a quien según ellos no existe. Su característica básica es el odio, utilizan blasfemias como una manera de mostrar orgullosamente su ateísmo, también usan caricaturas ofensivas de lo más sagrado para nosotros. Desgraciadamente con ellos solo nos queda la oración, Dios es el único que puede convertir a alguien y ellos al rechazar la gracia, no obran en ellos las virtudes teologales. Su reacción ante nuestra fe es usualmente violenta, conozco muy bien a supuestos “buenos hombres” que son ateos, que con el simple hecho de hablar de Dios les cambia la expresión de su cara, y su violencia al hablar es evidente, es triste realmente ver eso en amigos o familiares cercanos. Uno muy querido por mi me dijo cuando yo tenía 13 años: “Cuando crezcas y estudies mas, te darás cuenta que Dios no existe”, hoy gracias a Dios, ese hombre ya habla de Él, e incluso fue al Vaticano y se emociono al ver al hoy beato Juan Pablo II.

El articulo va dirigido más bien para dialogar con aquellos que dudan y que están abiertos al dialogo, y no intenta ser un estudio lleno de tecnicismos, sino más bien una guía para establecer platicas con los ateos.

Ciencia

El concepto de ciencia que uso es como el que usó Santo Tomas: El conocimiento de las cosas a partir de sus causas. La inteligencia del hombre es limitada, y dentro de esas limitantes nos explican y demuestran la grandeza de Dios.

Para la Iglesia Católica no existe motivo alguno para un conflicto entre fe y ciencia, existen muchos científicos que se han empeñado en señalar la imposibilidad de entablar un diálogo sano entre ambas. Un estudio publicado en Estados Unidos mostraría que el problema no sería por causa de la fe ni de la ciencia, sino más bien de algunos científicos, quienes en su mayoría rechazan el dato revelado y se declaran ateos, con sus consecuentes prejuicios y vicios metodológicos.

La Fe no es contraria a la razón. Creer no significa abdicar de la razón. Tampoco la Fe puede ser contraria a la Ciencia, pues lo verdadero no puede contradecir a lo verdadero. La verdad tiene una misma fuente que es Dios y Dios no puede contradecirse. Las realidades no-sagradas y las realidades sagradas provienen de la misma fuente que es Dios.

San Agustín nos indica cómo debe ser la relación entre la Fe y la razón, para qué y cómo utilizar nuestra inteligencia: “Creo para comprender y comprendo para creer mejor”.

Del catecismo de la Iglesia:

158 «La fe trata de comprender» (San Anselmo de Canterbury, Proslogion, proemium: PL 153, 225A) es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre «los ojos del corazón» (Ef 1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, «para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones» (DV 5). Así, según el adagio de san Agustín (Sermo 43,7,9: PL 38, 258), «creo para comprender y comprendo para creer mejor».

159 Fe y ciencia. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano la luz de la razón, Dios no puede negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017). «Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son» (GS 36,2).

La existencia de Dios y el Origen del Universo

Bueno el argumentar desde nuestro propio testimonio, o desde el de otros, o desde lo que sabemos por la Iglesia es inútil, ya que es un argumento circular, y no podemos movernos ni lograr alguien no creyente nos crea. Para probar la existencia de Dios me voy por el principio de causalidad.

El principio de causalidad. Este principio dice que todo lo que empieza a existir, debe tener una causa proporcionada. La razón es obvia Pues nadie da lo que no tiene. Una cosa que no tiene existencia no puede dársela a sí misma. Debe existir otra que le da la existencia. Así al percibir el humo estamos seguros de la existencia del fuego. Al ver un reloj sabemos que existe un relojero que lo hizo. Luego, por medio del principio de causalidad, podemos inferir con toda seguridad la existencia de una cosa desconocida por ser la causa de otra ya conocida.

·      El origen del universo. Si todo tiene una causa, entonces al preguntarnos sobre cuál fue la causa primera o como fue la creación del universo, los científicos se vuelcan en teorías que hablan de “singularidades” o sea de algo no normal, pero que sucedió por alguna rara y extraña razón, hablan de energía comprimida y de cómo por medio de probabilidades muy bajas se colisionan partículas formando materia solida, de ahí los planetas y forman lo que hoy vemos, con la inexplicable perfección y con el balance que vemos en el universo. Francamente las probabilidades de que la energía y materia comprimida (que siempre existió), formara el sistema solar con un planeta capaz de tener atmosfera, y agua, y de ahí formar todo lo que vemos hoy (incluyéndonos) es simplemente increíble, los ateos usualmente caen en lo que nos critican: “Algún día la ciencia explicara cómo fue” Señores, esa es fe! No como la que hay en casa.

Cada vez que algún ateo me menciona la teoría del big bang, no puedo evitar sonreír pícaramente, ya que como diría Ripley: Aunque ud. No lo crea esa teoría cabe perfectamente en la Iglesia católica, si así es, de hecho la diferencia entre un científico ateo y los católicos es que nosotros si sabemos quién inicia el Big Bang.

Esta teoría del big bang dice en palabras simples: Como lo prueba el desplazamiento del espectro de las galaxias hacia el rojo, el universo está en expansión; algo así como- las oleadas concéntricas de unos fuegos artificiales. Para que las galaxias se desplacen es preciso que hayan tenido un punto de partida. Se supone, pues, que al principio toda la masa del universo estaba condensada en un núcleo imperceptible; mucho más pequeño que una cabeza de alfiler, en el que reinaba un calor espantoso. En un momento dado, acaso hace diez o quince mil millones de años, se produjo algo que no fue propiamente hablando una explosión, sino más bien una brusca dilatación, acompañada por una enorme liberación de energía en el vacío. Esta energía se fue transformando en materia en el transcurso de la dilatación del punto físico inicial hasta formar, en virtud de una serie de metamorfosis (la palabra es impropia, pero cualquiera otra también lo sería) el universo en expansión continua, cuya inmensidad desafía el alcance-de nuestros telescopios.

La teoría del Big Bang tiene retos para los científicos, ya que no pueden explicar, por ejemplo: Ese vacío que existía antes de la dilatación, para nosotros con leer el Génesis lo entendemos:

Gen 1,1.En el principio creó Dios los cielos y la tierra.  2.La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.

Clarísimo, ¿No?

«El cosmos no puede haber existido desde la eternidad».

Es dogma de fe que el cosmos no es eterno, sino que ha sido creado por Dios en el principio del tiempo.
Dice San Pablo que Dios es «el Creador de todas las cosas. Él existe antes que todas las cosas».

Con más de 100 mil millones de galaxias, con más o menos el mismo número de estrellas por galaxia, todas ardiendo en el universo, nos ponemos a pensar: Si el Helio (elemento de la tabla periódica) es un combustible usado por esas estrellas, y es un elemento básico, esto es, que no se puede crear o generar, ¿Cómo es posible que hayan iniciado su combustión? ¿De dónde nace el helio? Hoy sabemos que ninguna estrella puede brillar un tiempo infinito. Se le acabaría el combustible. Un universo eterno es incompatible con la existencia de procesos físicos irreversibles

·      Origen de la Vida. Muchos científicos han superado ya la teoría de evolución Darwiniana, es mas la consideran llena de falencias, la teoría sirve para explicar cambios en una especie, por ejemplo si nos llevamos un perro al ártico, si sobrevive el y su descendencia, seguramente después de muchos años veremos a los perros con mucho pelo para protegerse del frio, pero la especie seguirá siendo perro, no se convertirá en otra. Por otro lado, no se han encontrado restos de medias especies, por ejemplo, sabemos hoy por hoy que el murciélago posee un radar que usa para su navegación, no se han encontrado fósiles de animales que van en camino a ser murciélagos y que posean un radar en evolución, algo interesante es también analizar que realmente no se encuentran fósiles de medias especies.

Por otro lado, otras preguntas sin responder son: Si ahora que los científicos terminaron el estudio del genoma humano, y se sabe que los chimpancés y nosotros compartimos el 99% del ADN, ¿Porque no son tan inteligentes como nosotros?

Si el agua se evapora con calor extremo, ¿Cómo llego a nuestro planeta?, o si se formo por algún proceso físico químico, ¿Cómo supero los calores extremos que sabemos se dieron en la tierra? Hay teorías sobre que los cometas al tener agua en su cuerpo, podrían haber sido los que trajeron ese vital líquido a nuestro planeta, pero las incógnitas siguen ¿Cuántos cometas fueron necesarios para ello? Y ¿Como soporto el agua los procesos de enfriamiento de la tierra de ser magma a roca fría?

¿Cómo llegaron esas bacterias a nuestro planeta? ¿Cómo soportan los fríos extremos del espacio exterior?

Iglesia Vs Ciencia: El caso Galileo Galilei

¿Por qué fue condenado Galileo?

Se suele hablar de dos procesos contra Galileo: el primero en 1616, y el segundo en 1633. A veces sólo se habla del segundo. El motivo es sencillo: el primer proceso realmente existió, porque Galileo fue denunciado a la Inquisición romana y el proceso fue adelante, pero no se llegó a citar a Galileo delante del tribunal: el denunciado se enteró de que existía la denuncia y el proceso a través de comentarios de otras personas, pero el tribunal nunca le dijo nada, ni le citó, ni le condenó. Por eso, con frecuencia no se considera que se tratara de un auténtico proceso, aunque de hecho la causa se abrió y se desarrollaron algunas diligencias procesuales durante meses. En cambio, el de 1633 fue un proceso en toda regla: Galileo fue citado a comparecer ante el tribunal de la Inquisición de Roma, tuvo que presentarse y declarar ante ese tribunal, y finalmente fue condenado. Se trata de dos procesos muy diferentes, separados por bastantes años; pero están relacionados, porque lo que sucedió en el de 1616 condicionó en gran parte lo que sucedió en 1633.

Se acusaba a Galileo de sostener el sistema heliocéntrico propuesto en la antigüedad por los pitagóricos y en la época moderna por Copérnico: afirmaba que la Tierra no está quieta en el centro del mundo, como generalmente se creía, sino que gira sobre sí misma y alrededor del Sol, lo mismo que otros planetas del Sistema Solar. Esto parecía ir contra textos de la Biblia donde se dice que la Tierra está quiera y el Sol se mueve, de acuerdo con la experiencia; además, la Tradición de la Iglesia así había interpretado la Biblia durante siglos, y el Concilio de Trento había insistido en que los católicos no debían admitir interpretaciones de la Biblia que se aparten de las interpretaciones unánimes de los Santos Padres.

¿Cómo murió Galileo?

El primer punto que debería quedar claro es que a Galileo no lo mató la Inquisición, ni nadie. Murió de muerte natural. Galileo nació el martes 15 de febrero de 1564 en Pisa, y murió el miércoles 8 de enero de 1642, en su casa, una villa en Arcetri, en las afueras de Florencia. Por tanto, cuando murió tenía casi 78 años (es posible encontrar una diferencia de un año incluso en documentos oficiales, porque entonces, en Florencia, los años se empezaban a contar el 25 de marzo, fecha de la Encarnación del Señor). Cuenta Vincenzo Viviani, un joven discípulo de Galileo que permaneció continuamente junto a él en los últimos treinta meses, que su salud estaba muy agotada: tenía una grave artritis desde los 30 años, y a esto se unía “una irritación constante y casi insoportable en los párpados” y “otros achaques que trae consigo una edad tan avanzada, sobre todo cuando se ha consumido en el mucho estudio y vigilia”. Añade que, a pesar de todo, seguía lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin “le asaltó una fiebre que le fue consumiendo lentamente y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y veinte días”. Por tanto, no existió la hoguera, ni nada parecido.

En definitiva, Galileo no fue condenado a muerte, sino a una prisión que no se llegó a ejecutar porque fue conmutada: primero, por una estancia de varios días en Villa Medici, en Roma; después, por una estancia de varios meses en el palacio de su amigo el arzobispo de Siena; y a continuación (finales de 1633), se le permitió residir, en una especie de arresto domiciliario, en su propia casa, la Villa del Gioiello, en Arcetri, en las afueras de Florencia, donde vivió y trabajó hasta su muerte.

La decisión de la autoridad de la Iglesia en 1616 fue equivocada, aunque no calificó al heliocentrismo como herejía. Galileo y sus amigos eclesiásticos se propusieron conseguir que ese decreto fuera revocado. Podían haberlo conseguido: se trataba de un decreto disciplinar que, aunque iba acompañado por una valoración doctrinal, no condenaba el heliocentrismo como herejía, ni era un acto de magisterio infalible.

Declaraciones sobre fe y ciencia de nuestro actual Papa Benedicto XVI

VATICANO, 17 Mar. 10 / 09:45 am (ACI)

En la Audiencia General de hoy miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, Benedicto XVI prosiguió su catequesis sobre San Buenaventura de Bagnoregio y Santo Tomás de Aquino. Ambos, explicó, son un claro ejemplo de cómo se puede usar la fe y la razón, la fe y la ciencia para llegar a la Verdad, al conocimiento de Dios Amor.

El Santo Padre señaló que “ambos escrutaron los misterios de la Revelación, valorizando los recursos de la razón humana, ese fecundo diálogo entre fe y razón que caracteriza al Medioevo cristiano, época de gran vivacidad intelectual, además de fe y renovación eclesial”.

San Buenaventura, franciscano, y Tomás, dominico, pertenecían a las Órdenes Mendicantes, que “con su frescura espiritual renovaron en el siglo XIII la Iglesia entera y atrajeron a tantos seguidores”. Y “ambos se preguntaban si la teología era una ciencia práctica o teórica, especulativa”.

“La conclusión de Santo Tomás es que la teología es teórica porque quiere conocer a Dios cada vez más y es práctica porque trata de orientar nuestra vida hacia el bien. Pero hay un primado del conocimiento: sobre todo debemos conocer a Dios para actuar después como Dios establece. Esta primacía del conocimiento frente a la praxis es significativa para la orientación fundamental de Santo Tomás”.

San Buenaventura, “amplía la alternativa entre teórica (primacía del conocimiento) y práctica (primado de la praxis), añadiendo un tercera actitud que llama sapiencial y afirmando que la sapiencia abraza ambos aspectos” porque “busca la contemplación, como la forma más elevada de conocimiento y su intención es sobre todo la de convertirnos al bien. Para San Buenaventura es esencial el primado del amor”.

Así, Santo Tomás y San Buenaventura definen de manera distinta el destino último del ser humano, su felicidad plena. Para el primero, “el fin supremo es ver a Dios. Simplemente en ese acto de ver a Dios encuentran solución todos nuestros problemas: somos felices, no necesitamos nada más”.

“Para Buenaventura, el destino último del ser humano es, en cambio, amar a Dios, el encuentro y la unión de su amor y del nuestro. En esa línea podríamos decir que la categoría más elevada para Santo Tomás es lo verdadero, mientras para Buenaventura es el bien. Pero sería equivocado ver en esas respuestas una contradicción. Ambos acentos han formado tradiciones y espiritualidades diversas y han demostrado así la fecundidad de la fe, una en la diversidad de su expresión”.

Benedicto XVI recordó después la influencia que ejerció en Buenaventura el Pseudo Dionisio, teólogo sirio del siglo VI. “Mientras para San Agustín el intelecto, el ver con la razón y el corazón, es la última categoría del conocimiento el Pseudo Dionisio afirma que ‘en la subida hacia Dios puede llegar un momento en que la razón ya no ve. Pero en la noche del intelecto el amor ve lo que es inaccesible para la razón’”.

“En la noche oscura de la Cruz aparece toda la grandeza del amor divino, donde la razón ya no ve, ve el amor. Todo esto no es anti-intelectual ni anti-racional: presupone el camino de la razón, pero lo trasciende en el amor de Cristo crucificado”. San Buenaventura abre así “una gran corriente mística que representa una cima en la historia del espíritu humano”.

“Por lo tanto, toda nuestra vida es para San Buenaventura un itinerario, una escalada hacia Dios. Pero solo con nuestras fuerzas no podemos subir hacia la altura de Dios. Dios mismo tiene que ayudarnos, tiene que subirnos“, concluyó el Papa.

Una pequeña lista de científicos que creyeron en Dios

·        Nicolás Copérnico (1473-1543)

·        Sir Fancisco Bacon (1561-1627)

·        Juan Kepler (1571-1630)

·        Galileo Galilei (1564-1642)

·        René Descartes (1596-1650)

·        Isaac Newton (1642-1727)

·        Roberto Boyle (1791-1867)

·        Miguel Faraday (1791-1867)

·        Gregorio Mendel (1822-1884)

·        Guillermo Thomson Kelvin (1824-1907)

·        Max Planck (1858-1947)

·        Alberto Einstein (1879-1955)

CAUSAS DEL ATEISMO

Si todos los hombres tienen a lo menos idea de Dios, ¿cómo es posible que haya quienes niegan su existencia?

 

Las causas principales son las siguientes:

 

a)  El placer. – Para los hombres sedientos de placeres, Dios es un estor­bo. Él da mandamientos que se oponen a las malas inclinaciones. El que amenaza con castigos los placeres pecaminosos, va a ser un día Juez omnisciente y justí­simo. Pero tal Dios no les conviene a los inmorales y cobardes. Por eso lo niegan, -tratan, pues, de convencerse a sí mismos, y acaso a los demás, de que Dios no existe, aunque en el fondo creen firmemente en su existencia.

 

b)  La soberbia. – La fe exige la humildad y disposición de aceptar ver­dades reveladas por Dios y que no puede encontrar el hombre por sí mismo. Entre los modernos hay quienes se jactan de ser autónomos, que quieren confiar só­lo en su razón, no en la autoridad ajena. Rechazan lo que no han encontrado ellos mismos por su trabajo intelectual. Y por esa razón rechazan la religión y la fe en Dios.

 

c)  El ambiente social. – No puede negarse que existe un grave desequilibrio en el orden social de los tiempos actuales.. Las riquezas del mundo se juntan más y más en manos de unos pocos, mientras la pobreza de las masas se vuel­ve más y más una verdadera miseria. Hay quienes creen que de este estado de cosas tiene la culpa la Religión; por lo cual combatiendo a esta, como causa de la miseria, rechazan también la idea de Dios.

 

d)  La indiferencia. — Hay siempre indiferentes que no se toman el trabajo de pensar más allá de las cosas que perciben sus sentidos. Todo cuanto existe más allá de su experiencia, no existe para ellos. Como Dios no es cognoscible por los sentidos humanos, por la experiencia sensitiva, por esa razón lo niegan sencillamente.

“Conflictos entre la Ciencia y la Religión” puede encontrarse en la declaración del Concilio Vaticano (Ses. III, de fide, c. 4): “La fe y la razón son de mutua ayuda: por medio de la bien aplicada razón, se establecen los fundamentos de la fe, y a la luz de la fe, se construye la Divinidad de la ciencia. La fe, por otro lado libera y evita que la razón caiga en el error, la enriquece con conocimiento. Por tanto, la Iglesia, lejos de obstaculizar la búsqueda de las artes y ciencias, las alienta y promueve en muchas formas… Tampoco evita que las ciencias, cada una en su esfera, hagan uso de sus propios principios y métodos. No obstante, aunque reconoce la libertad que se les debe, trata de evitar que caigan en errores contrarios a la doctrina Divina, y de que no propasen sus propios límites y confundan asuntos que pertenecen al dominio de la fe. La doctrina de la fe que Dios ha revelado no se antepone a la mente humana para una mayor elaboración, como si fuera un sistema filosófico; es depósito Divino, confiado a la Esposa de Cristo, para ser fielmente guardado e infaliblemente declarado. Por ello, el significado una vez dado por la madre Iglesia a un dogma sagrado debe mantenerse por siempre y no separarse so pretexto de un entendimiento más profundo. Que el conocimiento, la ciencia y la sabiduría crezcan juntas con el curso de eras y siglos, tanto en los individuos como en la comunidad, en cada hombre como en toda la Iglesia, pero en la forma adecuada, esto es, en el mismo dogma, con el mismo significado, en el mismo entendimiento”.

Lo que fue promulgado en el Decreto del Concilio Vaticano I fue representado por una mano maestra en una pared del Vaticano, hace tres siglos. En su fresco (equivocadamente) llamado “Disputa”, Rafael asignó a las artes y ciencias su propio lugar en el Reino de Dios. Están reunidas en torno al altar, aceptan el Evangelio de manos de los ángeles, levantan sus ojos hacia el Redentor, y de Él al Padre y al Espíritu, rodeado por la Iglesia Triunfante, su propio fin último.

Ecle 3,21.No busques lo que te sobrepasa, ni lo que excede tus fuerzas trates de escrutar. 22.Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es menester lo que está oculto. 23.En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya.

 

Raúl Alonso

 

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LA VIRTUD DE LA FE


INTRODUCCIÓNLa fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo vivirá por la fe” (Rm 1,17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5,6).DESARROLLOA. Concepto de Fe

La palabra fe proviene del latín fides, que significa creer. Fe es aceptar la palabra de otro, entendiéndola y confiando que es honesto y por lo tanto que su palabra es veraz. El motivo básico de toda fe es la autoridad (el derecho de ser creído) de aquel a quien se cree. Este reconocimiento de autoridad ocurre cuando se acepta que el o ella tiene conocimiento sobre lo que dice y posee integridad de manera que no engaña.

Se trata de fe divina cuando es Dios a quien se cree. Se trata de fe humana cuando se cree a un ser humano. Hay lugar para ambos tipos de fe (divina y humana) pero en diferente grado. A Dios le debemos fe absoluta porque Él tiene absoluto conocimiento y es absolutamente veraz. La fe, más que creer en algo que no vemos es creer en alguien que nos ha hablado. La fe divina es una virtud teologal y procede de un don de Dios que nos capacita para reconocer que es Dios quien habla y enseña en las Sagradas Escrituras y en la Iglesia. Quien tiene fe sabe que por encima de toda duda y preocupaciones de este mundo las enseñanzas de la fe son las enseñanzas de Dios y por lo tanto son ciertas y buenas.

La fe personal en Jesucristo es la aceptación de su propio testimonio hasta la adhesión y la entrega total a su divina Persona. No es la mera aceptación de que Él existe y vive entre nosotros tan realmente como cuando vivió en Palestina; ni tampoco una adhesión de sólo el entendimiento a las verdades que el Evangelio nos propone, según la autorizada interpretación del Magisterio de la Iglesia. Es algo mucho más existencial y totalizante. Dice el Concilio Vaticano I: La Iglesia Católica enseña infaliblemente que la fe es esencialmente un asentimiento sobrenatural del entendimiento a las verdades reveladas por Dios; pero la fe no sólo es aceptar una verdad con el entendimiento, sino también con el corazón. Es el compromiso de nuestra propia persona con la persona de Cristo en una relación de intimidad que lleva consigo exigencias a las que jamás ideología alguna será capaz de llevar. Para que se dé fe auténtica y madura hay que pasar del frío concepto al calor de la amistad y del decidido compromiso. Por eso una fe así en Jesucristo es la que da fuerza y eficacia a una vida cristiana plenamente renovada, como la que quiere promover el Concilio Vaticano II.

Lo esencial de la fe es aceptar una verdad por la autoridad de Dios que la ha revelado. El que para creer que Jesucristo está en la eucaristía exige una demostración científica, no tiene fe en la eucaristía. Lo único que sí es razonable es buscar las garantías que nos lleven a aceptar que realmente esa verdad ha sido revelada por Dios. Ésos son los motivos de credibilidad. Entre éstos está la definición infalible de la Iglesia que me confirma que una verdad determinada está realmente revelada por Dios. Cuando la Iglesia, ya sea por definición dogmática, ya sea por su Magisterio ordinario y universal, propone a los fieles alguna verdad para ser creída como revelada por Dios, no puede fallar en virtud de la asistencia especial del Espíritu Santo que no puede permitir que la Iglesia entera yerre en alguna doctrina relativa a la fe o las costumbres.

La fe sobrenatural me da la suprema de las certezas, pues no me fío de la aptitud natural del entendimiento humano para conocer la verdad, ni de la veracidad de un hombre, sino de la ciencia y veracidad de Dios. Porque creo en Cristo, me fío de su palabra. Acepto a Cristo como norma suprema, y todo lo valoro como lo valora Él. Los hechos son la expresión del nivel de fe de una persona. No hay posible aceptación del programa de Jesús si no es mediante el lenguaje de los hechos. Seguir a Jesús quiere decir escuchar sus palabras, asimilar sus actitudes, comportarse como Él, identificarse plenamente con Él. Los que siguen a Jesús de verdad quieren parecerse a Él, se esfuerzan en pensar como Él, haciendo las cosas que le gustan a Él. Desean obrar bien, ayudar a los demás, perdonar, ser generosos y amar a todos. Tener fe lleva consigo un estilo de vida, un modo de ser.

La fe es esencialmente la respuesta de la persona humana al Dios personal, y por lo tanto el encuentro de dos personas. El hombre queda en ella totalmente comprometido. La fe es cierta, no porque implica la evidencia de una cosa vista, sino porque es la adhesión a una persona que ve. La transmisión de la fe se verifica por el testimonio. Un cristiano da testimonio en la medida en que se entrega totalmente a Dios y a su obra. Normalmente, la verdad cristiana se hace reconocer a través de la persona cristiana. El que no tiene fe no entiende al que la tiene, y sabe estimar los valores eternos. Es como hablarle a un ciego de colores.

B. Enseñanza bíblica sobre la fe

En su sentido bíblico la fe puede describirse como la plena adhesión del intelecto y de la voluntad a la palabra de Dios. Las dos facetas del verdadero creyente son: confianza en la persona que revela, y adhesión del intelecto a sus signos o palabras. En la literatura sapiencial la fe aparece necesaria e indispensable; la verdadera sabiduría incluye la fe. Las facultades intelectuales del hombre están encauzadas en una búsqueda de Dios.

En los Evangelios, la fe se desenvuelve con la revelación del Reino de Dios, cuyo fundamento es Jesús mismo. Este revela la doctrina de su Reino como quien tiene autoridad (Mt 7,v.7; Mc 1,v.22; Lc 4,v.32), y sus milagros la confirman. Sin embargo, Cristo deja claro que hace falta la gracia del Padre para tener esta fe en Él (Mt 11,v.25.v.27par.). Esa gracia y correspondencia de la fe en Jesús, como Mesías, se refleja perfectamente en la confesión de San Pedro (Mt 16,v.16-18). La fe del centurión está considerada por el mismo Jesús como maravillosa (Mt 8,v.10; Lc 7,v.1-10), precisamente porque el centurión sabía lo que era la autoridad del que revela, y sólo tuvo que oír la palabra de autoridad para creer firmemente en su resultado: “Pero di sólo una palabra y mi siervo será sano” (Lc 7,v.7). El modelo de la fe es la Virgen María: ella cree enseguida y deja obrar a Dios, según su palabra; Isabel le dirá “Dichosa la que ha creído en la palabra de su Señor” (Lc 1,v.45). Si la Encarnación fue el comienzo, el hecho central y raíz de la fe evangélica es la Resurrección de Cristo, que inspirará toda la presentación de Jesús en otros escritos neotestamentarios (Hechos, Epístolas, Apocalipsis).

El libro de los Hechos proclama aquella realidad de Cristo resucitado, tanto con obras como con palabras. En el discurso de San Pedro se manifiesta ese valor testimonial de la fe: “Nosotros somos testigos de estas cosas, con el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que son dóciles” (Act 5,v.32). En repetidas ocasiones los Apóstoles aparecen como mártires, testigos apoyados en la verdad de Cristo y su Espíritu (Act 10,v.39-42; 13,v.31; 22,v.15; 23,v.11). La fe que proponen a judíos y gentiles se confirma con signos y milagros (Act 2,v.22; 5,v.12; 14,v.3), entre los cuales se nota en primer plano la curación de un cojo por Pedro “en nombre de Jesucristo Nazareno” (Act 3,v.6). La fe en Jesús lleva a una transformación de la vida y una comunión entre creyentes, viviendo juntos y compartiendo todo (Act 2,v.44). Su fidelidad se manifiesta en su perseverancia en la enseñanza de los Apóstoles, en la unión, en la fractio panis, y en las oraciones (Act 2,v.42).

En la epístola a los Hebreos (cap. 11) se da lo que podemos llamar una definición de la fe, junto con una exégesis de cómo la vivían los protagonistas del Antiguo Testamento. “La fe (pistis) es la garantía (hypostasis) de lo que se espera, la prueba de las cosas que no se ven” (11,v.1). Literalmente la palabra griega hypostasis se traduce mejor por el término latino substancia. En este sentido la fe es lo que está debajo de (o subyace a) toda nuestra esperanza; se refiere fundamentalmente a lo que no se posee, pero que se espera. Siendo el principio de nuestra esperanza, nos capacita para saber que el mundo ha sido creado por la Palabra de Dios (11,v.3), y que Dios remunera a quienes le buscan (11,v.6). También se repite un tema implícito en todo el Antiguo Testamento, el cual fundamenta la misma justificación del hombre: sin la fe es imposible agradar a Dios (11,v.6).

C. La fe, fundamento de la vida cristiana

Desde el comienzo de su ministerio, Jesús pedirá a sus oyentes creer en la Buena Nueva (Mc 1,v.15) y presenta siempre la fe como condición indispensable para entrar en el reino de los cielos. Ya se trate de la curación corporal (Mt 9,v.22; Mc 10,v.52; Io 11,v.25-27, etc.), ya se trate de los milagros que Cristo realiza (cfr. Mt 13,v.28), la fe es la que todo lo obtiene. Por eso, los Apóstoles ponen esta condición: “cree en el Señor y serás salvo” (Act 16,v.31).

La fe divide a los hombres en función de su destino eterno: “el que crea y se bautice se salvará, el que no crea se condenará” (Mc 16,v.15 ss.; Io 13,v.18); se trata pues, de una condición indispensable y radicalmente necesaria para el estado de gracia: “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11,v.6); “la fe es fundamento de la salvación” (Heb 11,v.1).

En la enseñanza de San Pablo se ve cómo la justificación nace de la fe, se realiza por medio de la fe, reposa en la fe (Rom 1,v.17; 3,v.22 ss.; 5,v.1; Gal 2,v.10; 3,v.11; Philp 3,v.9). La fe es necesaria para la salvación y así lo ha expresado el Magisterio de la Iglesia. El Concilio de Trento afirma que la fe es “inicio de la salvación humana, fundamento y raíz de toda justificación, sin la cual es imposible agradar a Dios y llegar al consorcio de hijos de Dios” (Dz-Sch 1532); y el Concilio Vaticano I, recogiendo esas mismas palabras, añade: “de ahí que nadie obtuvo jamás la justificación sin ella y nadie alcanzará la salvación eterna si no perseverase en ella hasta el fin” (Dz-Sch 3012).

La teología, distinguiendo un hábito de fe (fe habitual) concedido por la gracia santificante (también a los niños, por medio del Bautismo), y un acto de fe (fe actual), necesario para aquellos que son capaces de obrar moralmente (porque tienen uso de razón), expresa esa radicalidad de la fe en la vida cristiana con esta tesis: la fe es necesaria con necesidad de medio para la justificación y para la salvación eterna, de tal modo que sin ella nadie puede salvarse; en el caso de todos los hombres en general (incluidos niños), se trata de la fe habitual, y en el caso de los que tienen uso de razón, de la fe actual. De modo que los niños, para salvarse, necesitan de la fe habitual conferida por la gracia santificante (de ahí la obligación de administrar el Bautismo cuanto antes sea posible), y los adultos necesitan el acto de fe para entrar en el reino de los cielos.

Una dificultad se plantea, sin embargo, con los que ignoran invenciblemente, sin culpa, el Evangelio, porque a ellos no ha llegado la predicación o por otras razones. Estos, ¿necesitan también la fe para salvarse? Ciertamente; lo que ocurre es que no hay que identificar la necesidad de la fe con la necesidad de aceptar explícitamente todo el Evangelio. Este tema ha sido afrontado repetidas veces por el Magisterio, y resuelto: cfr. Dz 1645-1647; Dz-Sch 2865-2867; 2915-2917. El Concilio Vaticano II ha recogido claramente la doctrina sobre este punto (Lumen gentium, nn. 14-16; Ad gentes, n. 7).

Supuesta la necesidad de la fe, la Moral se ha preguntado cuáles son las verdades que se deben creer, como absolutamente indispensables, para la salvación. Explícitamente, hay que creer, al menos que Dios existe y es remunerador (cfr. Heb 11,v.6) y a esas verdades se añaden, para los que quieren ser admitidos en el cristianismo, la fe en la Trinidad y en la Encarnación de Cristo (cfr. Simbolo Quicumque: Dz-Sch 75-76; 2164; 2380-81). Aunque esta segunda parte ha sido ocasión de disputas teológicas, es obvio que tratándose de temas tan importantes en los que está en juego la propia salvación, hay que estar por la opción más segura.

Pero aparte de las verdades necesarias mínimas, el cristiano tiene el grave deber de conocer todas las verdades reveladas por Cristo y propuestas por la Iglesia; ésta, desde el principio, procuró expresar en conceptos el contenido de la fe y así surgieron los Símbolos. Se considera deber grave el conocimiento del Credo, del Decálogo, Sacramentos y oración dominical. Pero, implícitamente, se debe creer toda la Revelación, es decir, lo que Dios ha manifestado a los hombres y ha sido propuesto por la Iglesia para creer: “Deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal Magisterio” (Dz-Sch 3011).

La fe, además de la actitud personal de entrega a Dios, tiene un contenido objetivo, que reúne un conjunto de verdades, que el hombre debe aceptar: es un cuerpo de doctrina (verdades sobrenaturales e incluso naturales), que se deben conocer y vivir. Es lógico que el grado de conocimiento venga determinado por la capacidad de cada cristiano, aunque la Iglesia, como se ha visto, considera necesarias un mínimo de verdades, que deben conocerse para poder salvarse. Los laicos necesitan, dice el Concilio Vaticano II, “una sólida preparación doctrinal, teológica, moral, filosófica, según la diversidad de edad, condición y talento” (Apostolicam actuositatem, 29).

Pues bien, el cristiano, una vez aceptado globalmente todo el contenido de la fe, ha de procurar conocer y estudiar, a la luz de la razón ilustrada por esa misma fe, lo que Dios ha revelado. De acuerdo con su edad, nivel cultural, etc., tiene el deber de adquirir una sólida formación doctrinal-religiosa, de llegar a un conocimiento cada vez más serio y hondo de las verdades de la fe.

D. Obligación de profesar, conservar y extender la fe

El cristiano tiene el deber de dar testimonio de su fe, como se afirma frecuentemente en el Nuevo Testamento: “el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre” (Mt 10,v.32; cfr. Lc 9,v.6; Rom 10,v.10). La Iglesia siempre lo consideró un deber, y los mártires (testigos) son demostración palpable de ese convencimiento.

Este deber tiene dos aspectos: uno negativo, que exige no renegar de la propia fe; y otro positivo, que obliga a confesarla públicamente en determinadas circunstancias, concretamente, “siempre que el silencio, la tergiversación o la manera de obrar lleven consigo la negación implícita de la fe, desprecio de la religión o escándalo del prójimo” (CIC, c. 1325). La confesión pública es necesaria cuando se es interrogado por pública autoridad (cfr. Dz-Sch 2118), o cuando se deben cumplir determinados deberes religiosos (contraer matrimonio, por ejemplo); también cuando lo exige el bien de la propia alma o el bien espiritual del prójimo, en aquellos casos, sobre todo, en los que el silencio podría poner en peligro la propia fe o producir escándalo. Existe también ese deber cuando, por ley eclesiástica, se manda una profesión de fe en ciertas circunstancias: conversión a la Iglesia católica, Bautismo, orden sacerdotal, promoción a la Jerarquía eclesiástica, etc. (cfr. CIC, c. 1406, 2314). Sólo cuando haya graves motivos, causa justa y proporcionada, se puede ocultar la propia fe o la pertenencia a la Iglesia (convertidos en ambiente hostil, épocas de persecución, etc.). Y aun en esos casos, si se hace mediante negación implícita o con escándalo para el prójimo, esa ocultación puede ser pecaminosa.

El cristiano debe dar constantemente testimonio de su fe: “Brille así vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,v.16). “Su fe no sólo debe crecer, sino manifestarse; debe llegar a ser ejemplar, comunicativa, informada por la expresión que muy justamente llamamos testimonio” (Pablo VI, aloc. 14-XII-1966).

E. Actos de fe

El acto de fe es el asentimiento de la mente a lo que Dios ha revelado. Un acto de fe sobrenatural requiere gracia divina. Se da bajo la influencia de la voluntad la cual requiere la ayuda de la gracia. Si el acto de fe se hace en estado de gracia, es meritorio ante Dios. Actos explícitos de fe son necesarios, por ejemplo, cuando la virtud de la fe está siendo probada por la tentación o cuando nuestra fe es retada o cuando estamos ante actitudes mundanas contrarias a la fe. Estas situaciones debilitarían nuestra fe si no recurrimos a un acto de fe. Un ejemplo de acto de fe: “Dios mío, yo creo en Ti y todo lo que nos enseñas en Tu Iglesia, porque Tu los has dicho y tu palabra es veraz”. El acto de fe no siempre se vocaliza. En muchas situaciones lo hacemos y está siempre latente en nuestro corazón.

La fe inicia nuestra relación personal con Dios. Concilio Vaticano I: Por la fe quedamos habilitados para confiar todo nuestro ser a Dios, le ofrecemos el homenaje total de nuestro entendimiento y voluntad y asentimos libremente a lo que Dios revela. La fe es un don permanente los que la han recibido bajo el magisterio de la Iglesia no pueden tener jamás causa justa de cambiar o poner en duda esa fe. Debemos:

  • Tener una fe informada. Para ello es necesario estudiar lo que nuestra fe enseña.
  • Retener la Palabra de Dios en su pureza. (sin comprometerla o apartarse de ella)
  • Ser testigos incansables de la verdad que Dios nos ha revelado.
  • Defender la fe con valentía, especialmente cuando esta puesta en duda o cuando callar seria un escándalo. (Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis Humanae).
  • Creer todo cuanto Dios enseña por medio de la Iglesia (No escoger según nos guste).

¿Tienen fe los cristianos que no están en comunión con la Iglesia? Sí, tienen fe en Dios y conocen muchas de las verdades que El nos ha revelado. Pero no tienen fe en todo lo que El ha revelado.

Es muy fácil decir “Creo”; pero nuestras obras deben ser la prueba irrebatible de la fortaleza de nuestra fe. Convenzámonos de una vez que la ley de Dios no se compone de arbitrarios “haz esto” y “no hagas aquello”, con el objeto de fastidiarnos. La ley de Dios es expresión de su sabiduría y su amor infinitos dirigidos al hombre para que éste alcance su fin y su perfección. Cuando adquirimos un aparato doméstico del tipo que sea, si tenemos sentido común lo utilizaremos según las instrucciones de su fabricante. Damos por supuesto que quien lo hizo sabe mejor cómo usarlo para que funcione bien y dure. También, si tenemos sentido común, confiaremos en que Dios conoce mejor qué es lo más apropiado para nuestra felicidad personal y la de la humanidad.

F. Pecados contra la fe

Al cristiano nunca le es lícita la negación de la propia fe, ni directamente, por palabras, signos, gestos, escritos, ni indirectamente, por aquellas acciones que, sin indicar en sí mismas oposición a la fe, sin embargo, por las circunstancias en que se realizan, podrían interpretarse así; esto ocurre también cuando un creyente niega con su conducta práctica la verdad en la que cree, o cuando con sus acciones (indiferencia, pecados personales) está negando la fe que dice profesar.

El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf. Concilio Trento: DS 1545) Pero, “la fe sin obras está muerta”(St. 2,26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo. El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf. DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los Cielos, pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los Cielos”(Mt 10,32-33)

Es éste un problema que en nuestra época adquiere vastas dimensiones, cuando “muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la religión” (Gaudium et spes, 7) y el ateísmo se convierte en fenómeno de masas. Ciertamente, el hombre por propia culpa puede perder la fe, don de Dios condicionado a una actitud humana de aceptación, de respuesta, de modo que la falta de correspondencia continuada puede llevar a la pérdida de la fe. En este proceso inciden diversas causas, entrecruzándose muchas situaciones y actitudes: la exageración de la libertad, la relatividad histórica, el recelo frente al Magisterio de la Iglesia, los desórdenes morales, las dudas de fe, la influencia del ambiente, etc., unidas gran parte de las veces a la ignorancia religiosa. Entre todas, tal vez la más importante sea el desorden moral. Al estar el acto de fe sostenido por la voluntad y en última instancia por la gracia, es lógico que esté condicionado por las disposiciones morales del sujeto.

También se ha planteado el problema de si la fe puede perderse sin propia culpa:

Doctrinalmente, el problema fue resuelto por el Concilio Vaticano I, que afirma que “los que han recibido la fe bajo el Magisterio de la Iglesia no pueden jamás tener causa justa para cambiar o poner en duda esa misma fe” (Dz-Sch 3013; 3036). Los teólogos posteriores al Concilio interpretaron el texto unánimemente así: No existe causa objetivamente justa, ni subjetivamente justa, es decir, no hay motivo justo para la persona, que le lleve a abandonar la fe sin pecado.

Los pecados contra la virtud de la fe son de forma y gravedad diversa, y se han dado diversas clasificaciones. Se puede pecar contra la obligación de creer (infidelidad, apostasía), contra la obligación de confesar la fe (ocultación, negación de la fe), contra la obligación de acrecentarla (ignorancia religiosa) y de preservarla de los peligros. También puede pecarse por omisión (por no cumplir el deber de confesarla externamente, por ignorancia de las verdades que deben creerse) y por actos contrarios a esa virtud (pecados de comisión); éstos pueden ser por exceso y por defecto. Hablando propiamente no hay pecados por exceso, ya que no se puede exagerar en la medida de las virtudes teologales, pero se habla así cuando se consideran como objeto de la fe cosas que no caen dentro de él, como ocurre, por ejemplo, en la credulidad temeraria o en la superstición, cuando se cree en falsas devociones, en lugares pseudo- milagrosos, horóscopos, etc.; también entran en este apartado la adivinación y el espiritismo.

Se consideran pecados por defecto la infidelidad, la apostasía y la herejía, y a ellos suelen añadirse el cisma, la indiferencia religiosa, la duda positiva contra la fe y el ateísmo.

La infidelidad es, en general, la ausencia de fe debida; en sentido técnico, es la ausencia de fe en aquellos que todavía no han recibido su hábito mediante el Bautismo (en el Derecho canónico el infiel es el no bautizado). Atendiendo a la culpa moral se habla de infidelidad negativa o material cuando no es culpable por provenir de ignorancia (paganos, por ejemplo), infidelidad privativa debida a negligencia consciente y voluntaria, e infidelidad positiva o formal cuando existe una oposición culpable a la fe. No es siempre fácil decidir a cuál de estas tres especies se reduce la infidelidad de un individuo o de un grupo.

BIBLIOGRAFÍA

AUTOR

Esteban Fresno