La infinita misericordia de Dios con sus hijos

Como vemos por estas muestras de pecados y pecadores de la Sagrada Escritura, Dios está dispuesto a perdonar al más grande pecador, si se arrepiente, no importa que el pecado sea lo más horrible:

“Vengan para que arreglemos cuentas. Aunque sus pecados sean colorados, quedarán blancos como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, se volverán como lana blanca” (Is. 1, 18).

“Un corazón contrito y humillado Tú Señor no lo desprecias” (Sal 50, 19).

Se alegra tanto con el arrepentimiento del pecador que nos dice:

“Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc. 15, 7).

Nadie se condena porque ha cometido pecados muy graves, pero muchos podrían condenarse por cometer pecados de los que no se arrepienten.
Que Dios es infinitamente misericordioso significa que perdona a todos los pecadores verdaderamente arrepentidos. Es decir, Dios perdona enseguida cualquier pecado o pecados cuando nos arrepentimos de veras.

“Tan cierto como que estoy vivo, palabra de Yahveh , que no deseo la muerte del malvado, sino que renuncie a su mala conducta y viva” (Ez. 33, 11).

Dios nos muestra su Misericordia en la forma como busca al pecador, bien sea a través de beneficios o de sufrimientos. También nos la muestra por su disposición a perdonar, sin importar la gravedad, ni la frecuencia del pecado, requiriendo sólo el arrepentimiento (cf. Sal. 50, 18-19).

En la Sagrada Escritura vemos las variadas formas en que Dios muestra su Misericordia con el pecador:

Como el Buen Pastor que busca la oveja perdida hasta encontrarla (cf. Lc. 15, 4-7).

Dios envió el Profeta Natán a David para reprenderlo y para que se arrepintiera de sus pecados (cf. 2 Sam. 1-14 y Sal. 50).

Jesús busca a la Samaritana (cf. Jn. 4, 1-30).

Al hijo pródigo lo deja caer en calamidades y en la indigencia para que regrese a casa (cf. 15, 11-32).

Defiende a la mujer adúltera (cf. Jn. 8, 1-11).

Recibió con compasión a la mujer pecadora (cf. Lc. 7, 36-47).

Perdonó al buen ladrón, arrepentido y crucificado a su lado (cf. Lc. 23, 39-43). Sobre este caso hay que decir que Dios sí puede perdonar a un pecador al final de su vida, si está verdaderamente arrepentido. Pero todos los autores espirituales desaconsejan dejar el arrepentimiento para el final.
Con respecto al ladrón arrepentido, éste es un caso único en la Sagrada Escritura. Si analizamos los demás ejemplos de arrepentimiento, no son en el último instante de la vida de los pecadores. Sobre este caso, San Agustín muy sabiamente apunta que Dios perdonó a un hombre en el último momento para que nadie caiga en desesperanza, pero perdonó sólo a uno, para que nadie caiga en presunción, que son los dos pecados contra la esperanza: uno que consiste en no tener esperanza y otro que consiste en abusar de la esperanza.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida:y en la casa del Señor viviré para siempre.

Una vez escuché a alguien decir esta frase refiriéndose a las bendiciones de Dios en su vida: “Con una mano recibiendo y con la otra dando”. El bien y la misericordia te seguirán, pero con la intención de que las pongas “a trabajar”, es decir, que las uses, las practiques.

Dice en Proverbios 3:3: “La misericordia y la verdad nunca se aparten de ti; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón”.

Hemos visto cómo Dios nos muestra su Misericordia Infinita en varios pasajes de la Escritura. He aquí otros pasajes que enuncian esa Misericordia Divina:

“Pero Tú eres un Dios de perdón, lleno de piedad y ternura, que tardas en enojarte y eres rico en bondad” (Neh. 9, 17b).

“¿Qué Dios hay como Tú, que borra la falta y que perdona el crimen; que no se encierra para siempre en su enojo, sino que le gusta perdonar” (Miq. 7, 18).

“Rasguen su corazón y no sus vestidos, y vuelvan a Yahveh su Dios, porque El es bondadoso y compasivo; le cuesta enojarse y grande es su misericordia; envía la desgracia, pero luego perdona” (Joel 2, 13).

“Yo sabía que Tú eres un Dios clemente y misericordioso, paciente y lleno de bondad, siempre dispuesto a perdonar” (Jon. 4, 2b).

“Tú eres, Señor, bueno e indulgente, lleno de amor con los que te invocan” (Sal. 86, 5).

“El Señor es ternura y compasión, lento a la cólera y lleno de amor; si se querella, no es para siempre; si guarda rencor, es sólo por un rato. No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras ofensas. Cuanto se alzan los cielos sobre la tierra, tan alto es su amor con los que le temen. Como el oriente está lejos del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas” (Sal. 103, 8-12).

“Porque el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en el día de la angustia” (Si. 2, 11).

“Pues cuánta es su grandeza, tanta es su misericordia” (Si. 2, 22b).

“¡Cuán grande es la misericordia del Señor y su perdón con los que se convierten a El!” (Si. 17, 29).

“El Señor es clemente y compasivo, tardo a la cólera y grande en Amor (Sal. 145, 8).

“Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación: (Lc. 1, 50).

“Sean misericordiosos, como es misericordioso el Padre de ustedes” (Lc. 6, 36).

“Pero Dios es rico en misericordia. ¡Con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo. ¡Por pura gracia ustedes han sido salvados!” (Ef. 2, 4-5).

Si Dios hace misericordia contigo, tú has misericordia con los demás, incluso si la misericordia requiere decir que “no” a lo que te piden. La misericordia significa ayudar, pero también a veces significa evitar que alguien se meta en problemas y se haga más daño. Amar, perdonar, guiar, corregir. Esto es hacer el bien y la misericordia. Dios lo hace con nosotros.

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