La mistica del pecado

TRAMPA PARA LA SANTIDAD:

LA MISTICA DEL PECADO

Por Karl RAHNER

Un peligro de la conciencia cristiana en la época actual lo tenemos en una cierta forma de mística de pecado. Lo que queremos decir al hablar de una mística de pecado es lo siguiente: El hombre de hoy – que se encuentra en situaciones complicadas y difíciles- experimenta fácil y frecuentemente, en sí y en otros, faltas, quiebras morales, fracasos de su buena voluntad de conocer y obrar lo justo. Sabe (con razón) que la misericordia de Dios le sigue rodeando incluso en esa situación de culpa, invitándole a arrepentirse y a creer en la gracia del Redentor; sabe que el Redentor vino al mundo, no para llamar a los que se tienen por justos, como los fariseos, sino a los pecadores que golpean su pecho diciendo: Señor, ten piedad de mí. Sabe (con razón) que cuando afirmamos que no somos pecadores, nos engañamos a nosotros mismos y no están con nosotros la verdad y el amor de Dios. Y el cristiano verdadero y serio siente, sin duda hoy más que nunca, que si Dios quisiera juzgarnos según su Justicia, ni siquiera uno de entre mil podría sostenerse en su presencia.

Y entonces tiene la tentación de pensar y escribir y obrar de la manera siguiente: “Nosotros somos pecadores; no dejamos nunca de serIo; en realidad, ni siquiera estando justificados podemos observar los mandamientos de Dios; justamente, así somos, sin embargo, verdaderos cristianos, cristianos que saben que pecan, que lo confiesan, pero que, precisamente de este modo, ofrecen a la misericordia y a la gracia superabundante de Dios la ocasión de manifestarse y ejercerse; no se trata, pues, de evitar el pecado, sino solamente de dejar, en la fe, que la gracia de Dios le rodee.”

Nace así una actitud que piensa de manera casi instintiva que la integridad y la lucha sincera para evitar el pecado son necesariamente, en última instancia, hipocresía farisaica y autojustificación,’ que la verdadera y única posibilidad del cristiano no es el vivir guardando fidelidad a los mandamientos de Dios, sino única y exclusivamente naufragar en la culpa y la caída y que sólo en esta perdición puede Dios ser realmente Dios para con nosotros: El Dios incomprensiblemente misericordioso, contra todo derecho y toda esperanza.

Un peligro al acecho

Tenemos aquí el peligro de que se declare que el pecado, como pecado realizado, representa un factor internamente necesario de la existencia cristiana, sin el cual no puede existir la gracia de Dios, que es la única que hace del cristiano un cristiano y un redimido. Encontramos aquí el peligro que ya formuló San Pablo: “¿No debemos permanecer en el pecado a fin de que de este modo sea más abundante la gracia?” (Romanos, 6, 1). Desde aquí sólo hay un paso, y un paso consecuente, para llegar a la doctrina expresa de que todos estamos redimidos – doctrina que pretende saber que todos y cada uno se salvan de hecho -, ya la idea de que la forma más sublime y “sobrenatural” de colaborar a la redención de Cristo es compartir la culpa del mundo, haciéndose humildemente también uno mismo culpable. Dicho brevemente: Tenemos aquí el peligro de que el cristiano que fracasa, el cristiano que de hecho comete culpas constantemente, el cristiano inconsistente y destrozado, sea idealizado, y se le convierta en el tipo – el único tipo verdadero- del cristiano; el peligro de que aquello que incluso humanamente es sano, sólido y armonioso, ordenado y equilibrado, sea despreciado y considerado como algo que carece de importancia para la existencia auténticamente cristiana. Es el peligro de que se crea que el único punto en el que la gracia de Dios puede manifestarse es aquel lugar en el que el hombre – visto humanamente- fracasa, el peligro de que la gracia sea vista ya tan sólo como gracia que perdona, pero no como gracia que también salva, redime y preserva. A esto es a lo que nos referimos al decir que existe el peligro de que una secreta mística de pecado vicie la actitud y formación correctas de la conciencia, el peligro de una morbosa mística de pecado.

Observaciones sobre la mística del pecado

Debemos hacer todavía algunas observaciones a propósito de la tendencia que hemos denominado mística del pecado.

En primer lugar, es evidente para el cristiano que el cristianismo representa la salvación también de aquéllos que han caído ante Dios en el pecado, y esto ya por el hecho de que, fuera de la gracia que preserva de la culpa o que libera de ella, no ha existido en absoluto ni existirá jamás ningún hombre que carezca de hecho de culpa. Siempre y todas las veces que un hombre levanta sus ojos, desde el abismo de su culpa, hacia la fe, siempre que se arrepiente, está en gracia, anhela mejorarse y alcanza la salvación en Cristo Jesús, hay en el cielo más alegría por este pecador que por noventa y nueve justos que creen no tener necesidad de penitencia. Es evidente que la salvación está más próxima al corazón destrozado – destrozado también por su propia culpa- y humilde que al que se cree justo a sí mismo, en su respetabilidad de pequeño burgués, la cual es a menudo sólo la fachada engañosa de una corrupción interna. Es evidente que la gracia de Dios conoce y puede recorrer caminos secretos e incomprensibles para nosotros, caminos que no son los nuestros, para llevar la redención y la salvación a hombres que, a los ojos humanos, sólo pueden estar lejos de Dios. La gracia divina sobrepasa nuestra comprensión y no tiene obligación de rendirnos cuentas. Dios nos ata a nosotros, no a sí mismo, a los caminos que nos ha señalado.

Pero también es verdad que todo el que dice sinceramente: He pecado, tiene que decir también: Me levantaré a iré a mi Padre. Y en la patria de Dios no hay ninguna conjunción de luz y tinieblas, de Dios y pecado. Es una verdad definida de fe que la gracia divina es la que hace posible, al justificado observar los mandamientos de Dios, de tal manera que, si éste cae, a pesar de todo, en pecado, cae aunque podría mantenerse en pie, siendo él mismo la causa verdaderamente responsable y culpable de tal caída. Por tanto, una conciencia que pretendiera consolar al hombre pecador con la idea de que en realidad resulta inevitable caer en la culpa, y que esta culpa no es propiamente peligrosa para la salvación, con tal de que, al pecar, se mantenga la confianza en el perdón divino, una conciencia tal, decimos, no es la voz del Dios de la gracia, sino la voz de la propia ceguera, que, en último término, sólo busca alcanzar un barato compromiso entre el pecado del hombre y la santidad de Dios.

Sólo puede hablar de feliz culpa el que ha superado esa culpa con la gracia de Dios. El hecho de que Dios pueda escribir derecho en líneas torcidas no da derecho a la criatura a trazar líneas torcidas en el libro de su vida. Tal acto, con el que se intenta convertir el pecado en un factor de desarrollo de la propia vida, proyectado y tenido en cuenta de antemano, constituye la hybris o la insolencia más espantosa de la criatura, que quiere engañar a la misericordia divina y cree poder disponer del punto de vista de Dios en el cálculo de la vida humana. Tal acto es soberbia y ceguera, a las que Dios amenaza con no responder con su gracia.

Resulta extraño ver cómo los místicos del pecado, convierten, el milagro imprevisible de la gracia perdonadora, en un elemento esencial siempre disponible con el que se puede contar de antemano.

Una vida nueva

Cuando se nos describe cómo la gracia alcanza incluso al hombre perdido, nos gustaría leer esto, agradecidos, como un eco del Evangelio. Pero, al mismo tiempo, queremos ponernos en guardia contra una tergiversación de este eco, según la cual la existencia cristiana se reduciría única y adecuadamente a esa salvación. No, la existencia cristiana es siempre algo más: es vida nueva – aun cuando sólo disponga de la breve vida terrena de un hombre -, es santificación del mundo, es obra que nace de la fe y de la gracia, es fecundidad en el Espíritu Santo; es esfuerzo siempre renovado – aunque fracasemos una y otra vez en la práctica- para hacer triunfar el Reino de Dios en nosotros y en el mundo. Lo sano, la moralmente armonioso, lo bien conformado y estructurado, lo que aparentemente es sólo humano, todo esto, representa también formas de manifestación de la gracia y de la vida divina, que se nos imponen y se nos exigen, porque el Verbo se hizo carne, no para liberamos de la carne, precipitándola en la corrupción del pecado, sino para redimir la carne. Que esta redención sea un acto de Dios es algo que no queda comprometido por el hecho de que se realice y tenga que realizarse en nuestra acción, pues ésta es, en efecto, producto de su gracia

Es posible que todos nosotros nos encontremos hoy amenazados por peligros en el terreno cultural, espiritual y moral. Si ese peligro nos llega, nos llega para nuestra bendición y salud, siempre posibles, tan sólo si nos encuentra luchando. Por este motivo queremos alabar también a Dios incluso en esta época tan crepuscular y hacer de lo sano, lo esperanzado, lo saludable, la meta de nuestros esfuerzos. A esta meta debemos tender, cualquiera que sea la manera como Dios disponga de nosotros.

El que piensa de este modo alaba el poder y la gloria de la gracia más que el que contempla fijamente, como hipnotizado, el posible fracaso. Dios es la gracia victoriosa. La verdadera alabanza de la sola gratia no tiene necesidad del himno de una mística de pecado. .

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