Historia de la renovacion


HISTORIA DE LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA

P. Diego Jaramillo, C.I.M.

¿Qué es la Renovación Carismática?

Jesús, ante “ciertas” preguntas, solía contestar: “Ven y verás”. Si contestasen los testigos “que han oído y visto” lo que es la Renovación Carismática, hablarían de VIDA; se referirían a Jesús como ALGUIEN muy amado; dirían que han encontrado el lugar elegido por el Señor para ellos en su Cuerpo, pronunciarían la palabra hermano de una forma especial y, cuando explicasen lo que es la Iglesia… dirían que es una gran comunidad con muchas comunidades, y que en una de estas, a ellos se les ha revelado el Señor y que por ello se sienten libres para alabarle y PROCLAMAR ante el mundo lo que sus ojos han visto y sus manos han tocado del Verbo de la Vida.

La voz de la Iglesia

Al finalizar el siglo XIX una religiosa italiana se propuso una labor: sensibilizar a la Iglesia ante la acción vivificante del Espíritu Santo. Elena Guerra, éste era su nombre, había nacido en Lucca en 1835; ingresó a la comunidad de las religiosas pasionistas, en donde fue “maestra de novicias” de Santa Gema Galgani; murió en 1914 y fue beatificada por Juan XXIII en 1959.

En 1895 Elena Guerra escribió varias cartas al Papa León XIII, de las que extractamos estas frases:

“Padre Santo, apresuraos a llamar al cenáculo a los fieles… NO queda sino abrir el cenáculo, llamar a él a los fieles, multiplicar las oraciones, y el Espíritu Santo vendrá… Vendrá y convertirá a los pecadores, santificará a los fieles y la faz de la tierra será renovada… Entremos todos al cenáculo… volvamos al Espíritu Santo, a fin de que el Espíritu Santo vuelva a nosotros… Una vez Jesús manifestó a los hombres su corazón; ahora quiere manifestar su Espíritu”.

En otra carta fechada el 17 de abril de 1895, la hermana Elena le escribía así al Papa: “Se recomiendan todas las devociones, pero la devoción que según el Espíritu de la Iglesia debería ser la primera, se calla. Se hacen muchas novenas, mas la novena que por orden del mismo salvador hicieron también María Santísima y los Apóstoles, está ahora casi olvidada. Alaban los predicadores a todos los Santos, pero una predicación en honor del Espíritu santo, que es el que forma a los santos, cuándo se escucha?”.

El papa León XIII no fue sordo a las misivas de la monjita de Lucca: el 5 de junio de 1895, por el breve pontificio “Provida Matris Charitate”, hacía obligatoria en la Iglesia Universal una novena de plegarias para la preparación a la fiesta de Pentecostés.

Dos años más tarde, el 9 de mayo de 1897, publicó el Papa la encíclica “Divinum illud munus”. Las encíclicas se designan por las primeras palabras con que empieza el texto latino. En esa carta hablaba León XIII de “Aquel Divino Regalo” que Dios concedió a la Iglesia y compendiaba la enseñanza teológica acerca del Espíritu Santo.

Allí se lee:

“Que la Iglesia es una obra enteramente divina. Con ningún otro argumento se confirma más claramente que con el esplendor y gloria de los carismas de que por todas partes está adornada, siendo el dador y autor del Espíritu santo”. Cinco años después, el 18 de abril de 1902, volvía el Papa a recordar la importancia de sus anteriores intervenciones, mediante la carta “Ad fovendum in christiano populo”..

Por esos mismos años, fuera del ámbito de la Católica, empezaba el pentecostalismo en Norteamérica.

El Papa Pío XII

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Hablar de El no es novedad, pero puede parecer novedoso. En los siglos XIX y XX grandes teólogos reflexionaron acrca de la actividad del Paráclito, como el alemán Juan Adán Moehler, que en 1825 estudió la “Unidad de la Iglesia”, comunidad de vida originada en el Espíritu Santo. También en Alemania, Matías Scheeben (1835-1888) estudió el actuar personal del Espíritu de Dios en cada cristiano; en Francia el padre Clérissac afirmó, en 1918, la existencia de los carismas, y, a partir de 1940 Rahner y Congar afirmaron que los carismas son factores esenciales y normales en la vida de la comunidad eclesial. Estas reflexiones marcaron un rumbo en la teología, que tras haberse centrado en el misterio de Dios Padre había pasado a una visión cristocéntrica, y llegaba a complementarse con una interpretación del actuar del Espíritu Santo.

El influjo del pensamiento teológico acerca del Espíritu de Dios y de sus carismas se sintió luego en las declaraciones del magisterio. Las encíclicas de Pío XII sobre el Cuerpo Místico de Cristo y sobre la liturgia (Mystici Corporis y Mediator Dei) y la doctrina del Vaticano II lo evidencian. En todos esos documentos se subraya la necesidad que la Iglesia tiene de la luz divina.

Así lo decía Pío XXII:

“Deseamos y oramos para que, como en otro tiempo sobre la Iglesia Naciente, también hoy descienda copiosamente el Espíritu santo por la intercesión de María, Reina de los Apóstoles y de todo el apostolado”.

En la carta acerca del Cuerpo Místico de Cristo, el Papa Pío XII enseña que la Iglesia de Jesús abunda en carismas permanentemente. De esa encíclica son los siguientes apartes: “Los carismáticos, dotados de dones prodigiosos, nunca han de faltar en la Iglesia”.

Citando a San Agustín y aludiendo a la abundantísima comunicación del Espíritu con que se enriquece la Iglesia, dice el Papa:

“Rasgado el velo del templo, sucedió que el rocío de los carismas del Paráclito, que hasta entonces solamente había descendido sobre el vellón de Gedeón, es decir, sobre el pueblo de Israel, regó abundantemente, secado y desechado ya ese vellón, toda la tierra, es decir, la Iglesia católica que no había de conocer confines algunos de estirpe o territorio”.

Y más adelante afirma que: ” Todas las virtudes, todos los dones, todos los carismas que adornan a la sociedad cristiana, resplandecen perfectísimamente en su cabeza, Cristo”.

Aparece también en los escritos del Papa Pío II un sentido diferente de la palabra carisma o carismático: se designa así a una pretendida forma de Iglesia espiritual o “pneumática”, en oposición o al menos en lejanía con la Iglesia Jerárquica. Esta acepción de la voz “carismático” no ayudaría más tarde a la difusión de la Renovación espiritual, que para algunos aparecería como rebelde o al menos indiferente ante la autoridad.

El Papa Juan XXIII

Famosa es la invocación que el “Papa bueno”, Juan XXII, hizo al convocar el Concilio Vaticano II, el 25 de diciembre de 1961: “Repítase en el pueblo cristiano el espectáculo de los Apóstoles reunidos en Jerusalén, después de la ascensión de Jesús al cielo, cuando la Iglesia Naciente se encontró unida en comunión de pensamiento y de plegaria con Pedro y en torno a Pedro, pastor de los corderos y de las ovejas. Dígnese el Divino Espíritu escuchar de la forma más consoladora la plegaria que ascienda a el desde todos los rincones de la tierra. Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés”.

El Vaticano II comenzó, en el pontificado de Juan XXIII, colocando su confianza en la fuerza del Espíritu y concluyó sus tareas con una solemne invocación al Espíritu de Dios, siendo Pontífice su Santidad Paulo VI. Eran casi tres mil obispos de todas las razas, lenguas y culturas los que se reunieron durante cuatro años para reflexionar sobre el misterio de la Iglesia, en sí misma y ante el mundo. Como donde está la Iglesia está el Espíritu, era normal que frecuentemente se aludiera a la acción del Paráclito. Hasta 258 menciones acerca del Espíritu Santo han encontrado los estudiosos en los trece documentos conciliares.

Entre otros temas el concilio abordó la reflexión sobre el obrar carismático del Espíritu de Dios. Con tal motivo se presentó en el aula conciliar una ruidosa polémica. Sus protagonistas fueron dos cardenales: uno italiano y otro belga. Cuando se discutía el esquema sobre la Iglesia, el cardenal Ruffini, arzobispo de Palemo, reaccionó con viveza para decir: “La historia y la experiencia cotidiana están en abierta contradicción con la afirmación de que aún en nuestro tiempo hay fieles que poseen muchos dones carismáticos”.

En contra de tal afirmación habló el 23 de octubre de 1963 el cardenal José Suenens, arzobispo de Lovaina y Malinas. Su intervención afirmaba que los carismas no eran un fenómeno accidental y periférico en la vida de la Iglesia, sino que tenían importancia vital. Subrayaba el cardenal Suenens cómo desde Pentecostés la Iglesia vive del Espíritu Santo, dado a todos los fieles, pastores y laicos. La jerarquía no es solo un organismo administrativo sino una realidad pneumática, un conjunto vivo de dones, carismas y servicios. En efecto, “sin el ministerio de los pastores, los carismas resultarían desordenados; pero sin los carismas, el magisterio eclesiástico resultaría pobre y estéril”.

El clamor del cardenal Suenens y el eco despertado en muchos obispos, permitieron que la Constitución sobre la Iglesia se enriqueciera con este párrafo : “El Espíritu Santo… distribuyéndolos a cada uno según quiere, reparte entre los fieles gracias de todo genero, incluso especiales, con las que dispone y prepara para realizar variedad de obras y funciones provechosas para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: “A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad. Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por ser muy acomodados y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos apostólicos, sino que el juicio sobre su aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete especialmente no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno”.

En los diversos documentos conciliares se hallan esparcidas muy bellas afirmaciones acerca de la naturaleza carismática de la Iglesia. Recordemos sólo algunas:

“El Espíritu santo instruye y dirige la Iglesia con diversos dones jerárquicos y carismáticos”.

“El Espíritu subordina a la gracia de los apóstoles- la cual es eminente incluso a los carismáticos”.

“Como quiera que los cristianos tienen dones diferentes deben colaborar en el evangelio cada uno según su posibilidad, facultad, carisma y ministerio”.

“Examinando si los espíritus son de Dios, descubran (los presbíteros) con sentido de fe, reconozcan con gozo, fomenten con diligencia, los multiformes carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos”.

El 8 de diciembre de 1965 concluía sus labores el Vaticano II, paso del espíritu por la historia, Nuevo Pentecostés desencadenado con fuerza de huracán. Trece meses más tarde empezaba en Duquesne la Renovación Carismática Católica.

El Papa Pablo VI

“Si realmente amamos la Iglesia, lo principal que debemos hacer es fomentar en ella una efusión del Paráclito Divino, el Espíritu Santo”.

Estas palabras de Pablo VI antecedieron tan solo en tres meses el comienzo de la Renovación Carismática que, nacida en su Pontificado, quiso, ya desde sus comienzos, ponerse bajo la égida del Pontífice.

La primera recepción oficial que dispensó el Papa a un grupo de responsables fue discreta. Tuvo lugar el 10 de octubre de 1973; con palabras alentadoras y prudentes. Un año más tarde, el 16 de octubre de 1974, tuvo el Papa expresiones más comprometidas y positivas con respecto a Renovación en el Espíritu. Pero fue el 19 de Mayo de 1975, cuando de modo espléndido acogió el Papa a más de 10.000 carismáticos, a quienes en francés, inglés, español e italiano les dijo su alegría y su esperanza, en medio de las aclamaciones y los cánticos hosanantes, como los describía la Radio Vaticana.

No creemos traicionar en lo más mínimo el pensamiento de Pablo VI al subrayar algunas frases suyas. El texto completo de sus intervenciones se puede consultar con facilidad: “Estamos sumamente interesados en lo que ustedes están haciendo. Hemos oído hablar tanto sobre lo que sucede entre ustedes y nos regocijamos”. “Haremos oración para que sean llenos de la plenitud del Espíritu y que vivan en su alegría y santidad”. “Que además de la gracia haya carismas, que también hoy la Iglesia de Dios puede poseer y obtener”. 2Quisiera Dios que aumente todavía una lluvia de carismas para hacer fecunda, hermosa y maravillosa a la Iglesia y capaz de imponerse incluso a la atención y el estupor del mundo profano, del mundo laicizante”. “Esta expectativa puede ser realmente una providencia histórica en la Iglesia, de una mayor efusión de gracias sobrenaturales, que se llaman carismas”. “Para un mundo cada vez más secularizado, no hay nada más necesario que el testimonio de esta renovación espiritual que el Espíritu santo suscita hoy visiblemente en las regiones y ambientes más diversos”. “Esta renovación espiritual, cómo no va a ser una suerte para la Iglesia y para el mundo, y en este caso cómo no adoptar todos los medios para que siga siéndolo?”

“Junto con toda la Iglesia os esforzáis por la renovación, renovación espiritual, renovación auténtica, renovación católica, renovación en el Espíritu Santo”. “Que una nueva navegación, un nuevo movimiento verdaderamente pneumático, esto es carismático, impulse en una única dirección y en concorde emulación a la humanidad creyente hacia las nuevas metas de la historia cristiana”.

La audiencia de mayo de 1975 había estado precedida por la Conferencia Mundial Carismática, celebrada en los campos adyacentes a las catacumbas de san Calixto. Allí y en la Basílica de San Pedro los peregrinos carismáticos habían manifestado su fe, la misma que a través de numerosas generaciones habían expresado los mártires y los pontífices, las vírgenes y los doctores de la Iglesia que preside el orbe cristiano.

Allí se habían congregado dos cardenales, 12 obispos, 600 presbíteros y 10.000 laicos en la oración y el entusiasmo, porque como diría el Papa: “Hoy, o se vive con devoción, con profundidad, con energía y con gozo la propia fe, o se la pierde”.

Un oleaje de cantos y brazos extendidos se elevaba en la Basílica de San Pedro mientras Pablo VI dirigía sus palabras y sus bendiciones a los carismáticos congregados a su alrededor. Los flash de los fotógrafos iluminaban el ambiente como una tempestad desencadenada de modo repentino; entonces, el Romano Pontífice, tomando las manos del cardenal Suenens entre las suyas le dijo al obispo belga:

“Quisiera agradecerle no en nombre propio sino en nombre de Jesucristo, cuanto ha hecho y cuanto hace por la Renovación Carismática en el mundo, y por lo que hará en el futuro para asegurar y mantener su lugar en el corazón de la Iglesia dentro de las líneas de la enseñanza dada”.

En estas palabras y en la carta que le dirigiera el mismo Papa, se basó el Cardenal Suenens para organizar la Oficina Internacional de Bruselas; en 1976 recibió el Papa a algunos responsables de esta oficina, se informó con ellos acerca de la Renovación, de sus búsquedas comunitarias y les reiteró su afecto y bendición.

Juan Pablo II

El Papa Juan Pablo II recibió el 11 de diciembre de 1979 en audiencia al cardenal Suenens, a monseñor Alfonso Uribe y a los miembros del Consejo de la Oficina Internacional. Fue una audiencia prolongada con presentación de un vídeo y varios informes. Durante ella, el Papa dijo, “yo siempre he pertenecido a esta renovación del Espíritu Santo. Veo este movimiento, esta actividad por todas partes. Estoy convencido de que este movimiento es un muy importante componente de esta total renovación de la Iglesia”.

En varios documentos el Papa siguió aludiendo a la Renovación Carismática, recibió a los Carismáticos italianos en noviembre de 1980, concedió audiencia a los participantes en el cuarto congreso internacional de dirigentes el 7 de mayo de 1981 y les habló sobre el discernimiento espiritual y el oficio de los presbíteros y dirigentes laicos que deberían testimoniar su vida de oración, distribuir el pan de la verdadera doctrina y crear lazos de confianza y colaboración de los obispos, además de su tarea en el ecumenismo.

Aludió de nuevo a la renovación en 1982 en diálogo con obispos franceses, en 1984 con los delegados a la quinta conferencia internacional, en 1985 con los jóvenes reunidos en el congreso juvenil mundial, en 1986 publicó la encíclica Señor y dador de vida sobre el Espíritu Santo, luego a peregrinaciones italianas y francesas y en 1987 dijo a los participantes en la sexta conferencia internacional: “a causa del Espíritu, la Iglesia conserva una permanente vitalidad juvenil, y la renovación carismática es una elocuente manifestación de esa vitalidad, una expresión vigorosa de lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias “(Ap 2,7), cuando nos acercamos al final del segundo milenio”.

Los albores de la Renovación Carismática

En 1959 el Papa Juan XXIII oró para que el espíritu Santo renovara en la Iglesia

Las maravillas de un nuevo Pentecostés.

La década del 60 fue testigo de cómo Dios respondió a la oración del Pontífice. El Concilio Vaticano II fue un pasa del Espíritu Santo por nuestro tiempo.

Otra presencia del Divino Paráclito ha sido la Renovación Carismática que, en pocos años, invadió el mundo católico.

¿Cuándo y dónde comenzó? La respuesta es difícil de dar. Ocurre como cuando las burbujas cuando el agua empieza a hervir: van brotando simultáneamente en varios lugares. Así ha ocurrido en la Iglesia, en estos años, caldeada por el fuego del Espíritu Santo.

Por eso no es de extrañar que ya el 15 de agosto de 1960 apareciera en la revista “Time” un articulo en el que se leen estas frases: “Soy católico romano y desde hace años el hablar en lenguas ha sido parte integrante de mi culpo a Dios”.

Sin embargo ese y posiblemente muchos otros resurgires de los carismas fueron experiencias aisladas. Ciertamente los grupos que hicieron historia y que más influyeron en la Corriente Carismática Católica se remontan a 1967, en tres universidades norteamericanas.

En la década de los 60 en las universidades de Nuestra Señora, en South venid (Indiana), y en la de Duquesne, en Pittsburg (Pensilvania), se formaron grupos de estudiantes y profesores deseosos de vivir ardientemente la fe: vigilias bíblicas, asambleas de canto y enseñanza, oración espontánea, misas juveniles seguidas de ágapes para compartir, etc., eran expresiones normales de vivencia fraternal que, sin embargo, como tantas obras e intentos de los hombres, languidecían tras el primer entusiasmo.

Sin embargo un grupo de profesores y alumnos empezó a surgir. Entre ellos se trabó gran amistad y los nexos que anudaron entre sí les permitieron luego formar una base de apoyo para la Renovación.

Quizá el pionero fue Ralph Keifer, laico, casado, profesor de teología en Notre dame en 1965, y luego residente en Pittsburg. Cerca a él, su amigo William Storey que, tras ingresar a la Iglesia Católica, había llegado a ser profesor de liturgia e historia eclesiástica y fundador de la asociación Xi Rho. Estas dos letras del alfabeto griego, que son las primeras del nombre de Cristo, suelen formar un anagrama conocidísimo , el Crismón. El grupo Xi Rho, pretendía estudiar la Biblia, unirse en la oración y fomentar las experiencias comunitarias a que aluden los Hechos Apostólicos (2,42).

Sin embargo los ideales no se lograban y el grupo buscaba nuevas metas como la de ayudar a los alcohólicos. Era una crisis de identidad que se iba agravando desde 1964 hasta 1966.

Mientras eso sucedía, en Pittsburg algunos jóvenes cursillistas buscaban por su cuenta cómo cumplir la voluntad de Dios.

Los Cursillos de Cristiandad son una experiencia de conversión cristiana que en 1949 suscitó en España el obispo Juan Hervás, en compañía del teólogo Juan Capó y del laico Eduardo Bonnin, influenciados por el pensamiento del cardenal Suenens, del teólogo Ives Congar, y del pastoralista Padre Georges Michonneau.

Los cursillos se iniciaron en los Estados Unidos en 1957, por obra de dos aviadores españoles, en Waco, Texas. Cuatro años después se realizó el primer Cursillo en Inglés. La noticia de los Cursillos llegó a los líderes cristianos de la universidades antes mencionadas, que vieron en ellos una especie de renovación. Eran estos líderes Steve Clark, estudiante de filosofía en la universidad de yale, quien había pasado a la Iglesia Católica desde el protestantismo y que, tras breves permanencias en Mejico, cursó un año de teología en Friburgo, Alemania. Steve Clark trabajó de 1963 a 1965 en Notre Dame.

Al lado de Steve Clark estaba Ralph Martín, alumno de filosofía en Notre Dame(1960-64), de tendencias ateas, preparaba una tesis sobre Nietzsche. Precisamente argumentando y atacándola fe cristiana conoció a Clark. Asistió al segundo Cursillo de Notre Dame en 1964 y allí se convirtió a la fe de modo tan radical que al principio nadie quería creer que fuera el mismo que protestaba porque en su apartamento, que compartía con Felipe O’mara, éste organizaba reuniones cristianas. Precisamente en 1965 en una de esas reuniones se presentaron casos de glosolalia, que el líder interrumpió por no saber comprenderla.

Ralph y Steve pasaron juntos las navidades de 1965 y en ellas proyectaron un retiro espiritual que realizarían en 1966.Fue entonces cuando se comprometieron a trabajar en los cursillos, como miembros de la junta directiva nacional.

Otros amigos o alumnos de Keifer en Notre Dame, fueron Georg Martín, quien a los 18 años había hecho un retiro ignaciano que marcó su vida, y en Notre Dame estudiaba filosofía y escribía una tesis sobre Kierkegaard, también la pareja de Kevin y Dorothy Ranaghan, estudiantes de teología y amantes de la liturgia, igualmente Bert Ghezzi, presidente del grupo Xi Rho, con inquietudes teológicas, que había invitado a Hans Kung a Norteamérica, como conferencista, y además preparaba sus tesis en historia, igualmente Paul DeCelles, profesor de física en la universidad; se menciona tambien a Jim cavnar, Gerry Rauch, Kerry Koller, Ralph Johnson, Jim Rauner y otros.

En diciembre de 1965 había terminado en Roma el Concilio Vaticano II. Nada de raro tenía pues que comenzaran a cosecharse sus frutos.

Al terminar su retiro de verano, Steve Clark y Ralph Martín fueron invitados a inaugurar y clausurar la Convención nacional de Cursillos, en Kansas City, en agosto de 1966. Luego viajaron a Lansing ya como miembros de las directivas nacionales. También allí se les designó dirigentes de la parroquia estudiantil de San Juan, en la universidad del estado de Michigan.

En el segundo semestre de 1966 los líderes cristianos, ansiosos de una renovación que sacudiera del marasmo su apostolado, empezaron a rezar diariamente “Veni, Sancte Spiritus”, solemne oración que la liturgia suele llamar “La Secuencia Aurea”. Por otra parte Steve Clark proponía el estudio del libro “La Cruz y el Puñal”, que narra el ministerio del pastor Wilkerson en Nueva York y la célebre historia de Nicky Cruz. Ralph Keifer encontró otro libro, que tuvo también gran influencia. “Hablan en otras Lenguas”, de John Cerril y la obra “Compromiso y Liderazgo” de Douglas Hyde, un comunista inglés convertido al cristianismo.

Motivado por lo expuesto en esos libros, y queriendo conocer en la práctica los grupos de que en ellos se hablaba y la manifestación de los carismas, Ralph Keifer y William Storey establecieron en Pittsburg contactos con William Lewis, pastor episcopaliano de la Iglesia del Santo Cristo. El pastor Lewis tampoco había vivido una experiencia pentecostal, pero los relacionó con la señora Betty Schomaker, parroquiana suya,que participaba en reuniones de oración. El encuentro con la señora Schomaker fue el 6 de enro de 1967, festividad de la Epifanía, es decir, de la manifestación de Cristo a todas las naciones. Ese día se pactó la asistencia a una reunión de oración para la semana siguiente, en su casa, situada en las colinas al norte de Pittsburg.

Así llegó el 13 de enero de 1967, fiesta del Bautismo de Cristo, cuando descendió el Espíritu Santo sobre Jesús y lo ungió como el Mesías de Dios. En esa festividad el grupo se congregó a las siete y media de la noche en casa de Florencia Dodge, y en él participaron cuatro católicos: Ralph Keifer y su esposa Bobbi, Patrick Bourgeois y William Storey. Keifer y Bourgeois eran profesores de teología y Storey profesor de historia de la Iglesia. Cuando terminaba la reunión Storey dijo: “Vine a recibir el Bautismo en el Espíritu Santo, y no me voy hasta que lo haya recibido”. Un asistente al grupo oró por él diciendo: “Señor tu conoces su corazón y sus necesidades. Llénalo ahora con tu Espíritu”.

Ocho días después, el 20 de enero, regresaron a dicho grupo Ralph y Patrick, pidieron que oraran por ellos y recibieron la efusión del Espíritu Santo. Poco después uno de ellos escribiría: “Fue como si hubiera entrado en un inmenso mar, solo que el agua era Dios, el agua era el Espíritu santo”.

Como resultado de ello Keifer empezó a escribir cartas, a llamar por teléfono y a compartir con otros su experiencia. Los primeros contactados fueron una pareja de novios que se casaría cuatro meses más tarde, Paul Gray y Mary Ann Springle, estudiantes de teología en Duquesne. Con ellos organizaron Keifer y Storey un retiro para el grupo de Xi Rho, el tema escogido era “Las bienaventuranzas, o cómo actúan los cristianos”, pero a última hora se cambió por “Los Hechos de los Apóstoles, o cómo hacerse cristianos”.

Serían cuatro conferencias sobre los cuatro primeros capítulos de los hechos y había que leer “La Cruz y el Puñal”. Paul debía dar la segunda conferencia y Mary Ann la tercera. Ambos recordaban su nerviosismo que sólo se calmó al invocar al Espíritu Santo.

Todos sentían hambre de Dios y cuando Keifer comenzó a orar con imposición de manos, se desataron las lenguas y la alegría. Fue una experiencia de oración profunda, de vigilia y expectativa, de presencia de Dios,”era como si Jesús estuviera caminando allí tocando a cada uno y dándole una misión”. Su acción se manifestó cuando por haberse ido el agua, los dirigentes de la casa de retiros “El Arca y la Paloma” les pidieron que se retiraran. Ellos oraron y pusieron a prueba a Dios para que solucionase el problema del agua. La sorpresa fue enorme cuando, al concluir la oración David Mangan se encaminó maquinalmente a un grifo para beber y el agua brotó con abundancia.

Las crónicas guardan, además de los ya citados, algunos nombres de los participantes en ese retiro del 18 y 19 de febrero de 1967: Patti Gallagher, Karin Sefcik, el Padre Healey y David Mangan. Este fue precisamente el que planteó la gran pregunta: ¿No se podría renovar nuestra confirmación y suplicar al Espíritu Santo que volviera de nuevo sobre nosotros? Y cuando el Espíritu Santo llenó a los participantes, Storey dijo: “el señor Obispo se va a sorprender cuando sepa que todos fueron bautizados en el Espíritu Santo”. Luego Ralph Keifer empezó a usar la fórmula de “Bautismo en el Espíritu” que, en ambientes metodistas, había usado desde finales del siglo pasado Charles Finney y que alude a la experiencia del Pentecostés personal vivido o renovado en cada bautizado. Este fue, pues, el pesebre de la Renovación Carismática Católica para usar la expresión de Harald Bredesen, o según dice Patti Gallagher sucedió como si allí se estuviera escribiendo el primer capítulo de un nuevo libro de los Hechos de los Apóstoles, obra a la que se designa también como “el Evangelio del Espíritu Santo”

Quince días después, el 4 y 5 de marzo, el fuego prendió en Notre Dame, donde Keifer había escrito y enviado luego, como misionero y testigo, a un amigo suyo. Allí en casa de Kevin y Dorothy Ranagham y de Bert y Mary Lou Ghezzi, se encendió la llamarada.

También en Notre Dame los universitarios católicos habían buscado y sembrado con los retiros de fin de semana “Antioquia”. Ese nombre quería recordar que en Antioquia los discípulos del siglo primero empezaron a llamarse “cristianos”. Pero ni ellos, ni las marchas en pro de los derechos de los negros (como la de Selma, Alabama, en la que participaron con Martín Luther King), habían dado resultado.

Ahora la universidad empezó a conmoverse y la renovación brotó con fuerza en South venid, Indiana, y aunque ya 13 de marzo alguien les preguntaba: ” ahora que han recibido el Espíritu Santo, ¿cuándo abandonarán la Iglesia Católica?; eso no sucedió, sino que se afirmaron en ella y ya el 15 de marzo recibían una respuesta de su Obispo Leo Pursley, que no los juzgaba sino que les pedía mayores informes y que en marzo 15 de 1967 consultado acerca del don de lenguas escribía:

“La situación a que usted se refiere no está dentro de mis atribuciones creo que se necesita tener un Carisma para reconocer la existencia de otro. Se ha sabido de casos en que el don de lengua es resultado de una posesión diabólica. Claro que yo no estoy afirmando que este sea el caso, pues de hecho no quiero pronunciarme en ningún sentido respecto al caso a que usted se refiere. De todos modos hablaré con el Obispo W… sobre el particular. Cualquier informe que usted pueda proporcionarme será bien recibido”.

Dos años más tarde, el 14 de noviembre de 1969, apareció un informe de la Comisión de Doctrina de la Conferencia Nacional de los Obispos Católicos de los Estados Unidos. Ese informe redactado por el obispo Alexander Zaleski, de Lansing, Michigan, fue la primera carta de reconocimiento de la Renovación carismática en la Iglesia.

A mediados de marzo vinieron de Michigan a Pottsburg Steve Clark y Ralph Martín y recibieron el Bautismo del Espíritu Santo. Luego, del 7 al 9 de abril con 40 estudiantes, se presentaron a un retiro de Notre Dame… Y de ahí en adelante comenzó la siembra y la cosecha abundante por todos los continentes

La mistica del pecado


TRAMPA PARA LA SANTIDAD:

LA MISTICA DEL PECADO

Por Karl RAHNER

Un peligro de la conciencia cristiana en la época actual lo tenemos en una cierta forma de mística de pecado. Lo que queremos decir al hablar de una mística de pecado es lo siguiente: El hombre de hoy – que se encuentra en situaciones complicadas y difíciles- experimenta fácil y frecuentemente, en sí y en otros, faltas, quiebras morales, fracasos de su buena voluntad de conocer y obrar lo justo. Sabe (con razón) que la misericordia de Dios le sigue rodeando incluso en esa situación de culpa, invitándole a arrepentirse y a creer en la gracia del Redentor; sabe que el Redentor vino al mundo, no para llamar a los que se tienen por justos, como los fariseos, sino a los pecadores que golpean su pecho diciendo: Señor, ten piedad de mí. Sabe (con razón) que cuando afirmamos que no somos pecadores, nos engañamos a nosotros mismos y no están con nosotros la verdad y el amor de Dios. Y el cristiano verdadero y serio siente, sin duda hoy más que nunca, que si Dios quisiera juzgarnos según su Justicia, ni siquiera uno de entre mil podría sostenerse en su presencia.

Y entonces tiene la tentación de pensar y escribir y obrar de la manera siguiente: “Nosotros somos pecadores; no dejamos nunca de serIo; en realidad, ni siquiera estando justificados podemos observar los mandamientos de Dios; justamente, así somos, sin embargo, verdaderos cristianos, cristianos que saben que pecan, que lo confiesan, pero que, precisamente de este modo, ofrecen a la misericordia y a la gracia superabundante de Dios la ocasión de manifestarse y ejercerse; no se trata, pues, de evitar el pecado, sino solamente de dejar, en la fe, que la gracia de Dios le rodee.”

Nace así una actitud que piensa de manera casi instintiva que la integridad y la lucha sincera para evitar el pecado son necesariamente, en última instancia, hipocresía farisaica y autojustificación,’ que la verdadera y única posibilidad del cristiano no es el vivir guardando fidelidad a los mandamientos de Dios, sino única y exclusivamente naufragar en la culpa y la caída y que sólo en esta perdición puede Dios ser realmente Dios para con nosotros: El Dios incomprensiblemente misericordioso, contra todo derecho y toda esperanza.

Un peligro al acecho

Tenemos aquí el peligro de que se declare que el pecado, como pecado realizado, representa un factor internamente necesario de la existencia cristiana, sin el cual no puede existir la gracia de Dios, que es la única que hace del cristiano un cristiano y un redimido. Encontramos aquí el peligro que ya formuló San Pablo: “¿No debemos permanecer en el pecado a fin de que de este modo sea más abundante la gracia?” (Romanos, 6, 1). Desde aquí sólo hay un paso, y un paso consecuente, para llegar a la doctrina expresa de que todos estamos redimidos – doctrina que pretende saber que todos y cada uno se salvan de hecho -, ya la idea de que la forma más sublime y “sobrenatural” de colaborar a la redención de Cristo es compartir la culpa del mundo, haciéndose humildemente también uno mismo culpable. Dicho brevemente: Tenemos aquí el peligro de que el cristiano que fracasa, el cristiano que de hecho comete culpas constantemente, el cristiano inconsistente y destrozado, sea idealizado, y se le convierta en el tipo – el único tipo verdadero- del cristiano; el peligro de que aquello que incluso humanamente es sano, sólido y armonioso, ordenado y equilibrado, sea despreciado y considerado como algo que carece de importancia para la existencia auténticamente cristiana. Es el peligro de que se crea que el único punto en el que la gracia de Dios puede manifestarse es aquel lugar en el que el hombre – visto humanamente- fracasa, el peligro de que la gracia sea vista ya tan sólo como gracia que perdona, pero no como gracia que también salva, redime y preserva. A esto es a lo que nos referimos al decir que existe el peligro de que una secreta mística de pecado vicie la actitud y formación correctas de la conciencia, el peligro de una morbosa mística de pecado.

Observaciones sobre la mística del pecado

Debemos hacer todavía algunas observaciones a propósito de la tendencia que hemos denominado mística del pecado.

En primer lugar, es evidente para el cristiano que el cristianismo representa la salvación también de aquéllos que han caído ante Dios en el pecado, y esto ya por el hecho de que, fuera de la gracia que preserva de la culpa o que libera de ella, no ha existido en absoluto ni existirá jamás ningún hombre que carezca de hecho de culpa. Siempre y todas las veces que un hombre levanta sus ojos, desde el abismo de su culpa, hacia la fe, siempre que se arrepiente, está en gracia, anhela mejorarse y alcanza la salvación en Cristo Jesús, hay en el cielo más alegría por este pecador que por noventa y nueve justos que creen no tener necesidad de penitencia. Es evidente que la salvación está más próxima al corazón destrozado – destrozado también por su propia culpa- y humilde que al que se cree justo a sí mismo, en su respetabilidad de pequeño burgués, la cual es a menudo sólo la fachada engañosa de una corrupción interna. Es evidente que la gracia de Dios conoce y puede recorrer caminos secretos e incomprensibles para nosotros, caminos que no son los nuestros, para llevar la redención y la salvación a hombres que, a los ojos humanos, sólo pueden estar lejos de Dios. La gracia divina sobrepasa nuestra comprensión y no tiene obligación de rendirnos cuentas. Dios nos ata a nosotros, no a sí mismo, a los caminos que nos ha señalado.

Pero también es verdad que todo el que dice sinceramente: He pecado, tiene que decir también: Me levantaré a iré a mi Padre. Y en la patria de Dios no hay ninguna conjunción de luz y tinieblas, de Dios y pecado. Es una verdad definida de fe que la gracia divina es la que hace posible, al justificado observar los mandamientos de Dios, de tal manera que, si éste cae, a pesar de todo, en pecado, cae aunque podría mantenerse en pie, siendo él mismo la causa verdaderamente responsable y culpable de tal caída. Por tanto, una conciencia que pretendiera consolar al hombre pecador con la idea de que en realidad resulta inevitable caer en la culpa, y que esta culpa no es propiamente peligrosa para la salvación, con tal de que, al pecar, se mantenga la confianza en el perdón divino, una conciencia tal, decimos, no es la voz del Dios de la gracia, sino la voz de la propia ceguera, que, en último término, sólo busca alcanzar un barato compromiso entre el pecado del hombre y la santidad de Dios.

Sólo puede hablar de feliz culpa el que ha superado esa culpa con la gracia de Dios. El hecho de que Dios pueda escribir derecho en líneas torcidas no da derecho a la criatura a trazar líneas torcidas en el libro de su vida. Tal acto, con el que se intenta convertir el pecado en un factor de desarrollo de la propia vida, proyectado y tenido en cuenta de antemano, constituye la hybris o la insolencia más espantosa de la criatura, que quiere engañar a la misericordia divina y cree poder disponer del punto de vista de Dios en el cálculo de la vida humana. Tal acto es soberbia y ceguera, a las que Dios amenaza con no responder con su gracia.

Resulta extraño ver cómo los místicos del pecado, convierten, el milagro imprevisible de la gracia perdonadora, en un elemento esencial siempre disponible con el que se puede contar de antemano.

Una vida nueva

Cuando se nos describe cómo la gracia alcanza incluso al hombre perdido, nos gustaría leer esto, agradecidos, como un eco del Evangelio. Pero, al mismo tiempo, queremos ponernos en guardia contra una tergiversación de este eco, según la cual la existencia cristiana se reduciría única y adecuadamente a esa salvación. No, la existencia cristiana es siempre algo más: es vida nueva – aun cuando sólo disponga de la breve vida terrena de un hombre -, es santificación del mundo, es obra que nace de la fe y de la gracia, es fecundidad en el Espíritu Santo; es esfuerzo siempre renovado – aunque fracasemos una y otra vez en la práctica- para hacer triunfar el Reino de Dios en nosotros y en el mundo. Lo sano, la moralmente armonioso, lo bien conformado y estructurado, lo que aparentemente es sólo humano, todo esto, representa también formas de manifestación de la gracia y de la vida divina, que se nos imponen y se nos exigen, porque el Verbo se hizo carne, no para liberamos de la carne, precipitándola en la corrupción del pecado, sino para redimir la carne. Que esta redención sea un acto de Dios es algo que no queda comprometido por el hecho de que se realice y tenga que realizarse en nuestra acción, pues ésta es, en efecto, producto de su gracia

Es posible que todos nosotros nos encontremos hoy amenazados por peligros en el terreno cultural, espiritual y moral. Si ese peligro nos llega, nos llega para nuestra bendición y salud, siempre posibles, tan sólo si nos encuentra luchando. Por este motivo queremos alabar también a Dios incluso en esta época tan crepuscular y hacer de lo sano, lo esperanzado, lo saludable, la meta de nuestros esfuerzos. A esta meta debemos tender, cualquiera que sea la manera como Dios disponga de nosotros.

El que piensa de este modo alaba el poder y la gloria de la gracia más que el que contempla fijamente, como hipnotizado, el posible fracaso. Dios es la gracia victoriosa. La verdadera alabanza de la sola gratia no tiene necesidad del himno de una mística de pecado. .

LA ORACION EN LENGUAS


LA ORACIÓN EN LENGUAS

Ceferino SANTOS, S.J.

Aclaraciones necesarias.

Es infrecuente hallar en los diccionarios de espiritualidad o en los tratados sobre la oración y sus métodos una sola palabra acerca de la oración en lenguas. Esto resulta aún más extraño cuando se trata de un modo de oración bíblico y evangélico, que se viene practicando, con interrupciones, desde Moisés hasta nuestros días. Incluso he sabido de prohibiciones a personas concretas para que no oren en lenguas por parte de directores espirituales y autoridades eclesiásticas. San Pablo ‘daba gracias a Dios porque oraba en lenguas más que los otros’ (1 Co 14,18). Supongo que a San Pablo, que reconoce la autenticidad en la Iglesia de Cristo de la oración en lenguas, inspirada por el Espíritu Santo, no le corregirían la página doctores o teólogos más o menos doctos o indocumentados.

Existen diferentes razones para la oposición y el rechazo en ambientes eclesiales de la oración en lenguas. Recordemos, por ejemplo, la costumbre eclesial de iniciar en la oración a los creyentes por medio de la oración vocal y mental, tan discursiva, tan metódica y racional. Esto descoloca totalmente a los maestros y a los discípulos de oración, que no van a ver con buenos ojos una oración no discursiva, que suena a jerigonza. Pero sucede que esta oración también nos comunica con Dios. San Pablo decía: “El que habla en lengua no habla a los hombres sino a Dios. En efecto, nadie le entiende y dice en espíritu cosas misteriosas” (1 Co 14,2). Algunos pueden pensar desde su racionalismo espiritual, que la oración que no se entiende no es oración. Y esto es falso. Algunas personas, que recitaban hace años el Oficio divino en latín, -lengua que desconocían-, tenían intención de orar y oraban, aunque no entendieran el latín. La oración en lenguas es oración hecha desde el Espíritu con gemidos inenarrables.

A otros la oración en lenguas les parece algo poco serio en personas maduras. Sin embargo, es el propio Espíritu de Dios el que ruega en nosotros, que no sabemos como pedir, con gemidos y súplicas que no se pueden expresar (Rm 8,26). Puede parecer que se trata aquí de un prelenguaje ilógico e infantil, pero si no nos hacemos como niños no entramos en los secretos de Dios y del reino de los cielos (Mt 18,3). La oración en lenguas es la puerta para otros dones del Espíritu. La puerta no es la casa, pero es su entrada normal. Podría resultar peligroso bloquear esta puerta a la oración. Orar en lenguas es un sometimiento y un abandono infantil en las manos del Espíritu para clamar a Dios con los sonidos ininteligibles que él quiera poner en nuestros labios. El olvido del yo y del propio prestigio introduce en una humildad que agrada a Dios.

La oración en lenguas es una respuesta divina al orgullo humano y a las limitaciones del lenguaje oracional corriente. “Como dice Iragui, es un bofetón en la cara del viejo y orgulloso Adán. Pero, ante todo, es la respuesta divina a las limitaciones de la mente y del vocabulario humano”. Dios no cabe en nuestras palabras y en nuestras mentes y el Espíritu ora en nosotros con gemidos inenarrables para trascender nuestras limitaciones y barreras. “Se trata en el don de orar en lenguas de una expresión religiosa que traduce lo inefable” de Dios afirma Benigno de JUANES.

Hoy, millones de pentecostales y neopentecostales, oran a Dios en lenguas y miles de católicos les acompañan, movidos por el Espíritu de Dios. De repente, en una oración o un culto, donde todo estaba medido y razonado, llega el Espíritu de un modo nuevo y suprarracional, sin que sepamos de dónde viene y a dónde va, y nos arrastra por caminos de oración con expresiones y sonidos extraños a nuestras costumbres y rutinas institucionalizadas, trascendiendo el pensar racional y las exigencias de la mente psíquica y discursiva. Algunos tropiezan con dificultades en su oración vocal o mental, y se refugian en una oración de simplicidad en lenguas, que no les exige demasiados esfuerzos racionales. A veces en la misma oración de quietud y contemplativa se da una “loquela” interna y aun externa, semejante al rezo en lenguas. Este fenómeno de amplia experiencia espiritual no se debe pasar por alto al exponer los diversos caminos de la oración cristiana.

El fenómeno de la oración en lenguas en el Antiguo Testamento.

Al recordar entre los diversos tipos de oración cristiana a la oración en lenguas, no es necesario remontarse a la exaltación profética de los setenta ancianos, que reciben una parte del espíritu de Moisés y comienzan a profetizar todos juntos con expresiones extrañas sin poderse detener (Nm 11,25). Ni necesitamos acudir al frenesí de los profetas de Guibeá, a los que se une Saúl en trance, después de haber sido ungido por Samuel como rey, y que hace exclamar a uno del pueblo: “¿Quién es el padre de éste? (1 S 10,12), puesto que se expresaba con lenguas extrañas a la de Israel. A causa de este modo raro y oscuro de hablar, se llamaba a veces a los profetas “locos” (mesuggá) ( 2 R 9,11; Jr 29,26; Os 9,7).

El lejanísimo profeta Isaías recordaba que Dios se comunicaba con mensajes en lenguas no conceptuales: “¿A quien se le hará entender lo que oye? A los recién destetados, a los retirados de los pechos. Porque dice: Sau la sau, sau la sau, cau la cau, cau la cau, zeer šam, zeer šam. Sí, con palabras extrañas y con lengua extranjera hablará a este pueblo” (Is 28,9-11). Los remedos de un lenguaje ininteligible y bárbaro también son utilizados por el Espíritu de Dios para su comunicación oracional y profética en nosotros.

En los Salmos se nos recuerda este modo de orar a Dios con palabras ininteligibles de aclamación y júbilo: “Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo… Dios sube entre aclamaciones de júbilo, Yahvé al resonar de la trompeta” (Sl 47,2.6). “Dídimo, escritor cristiano del siglo IV, comenta empalmando esta experiencia del Antiguo Testamento con los júbilos carismáticos del cristianismo primitivo: ‘La jubilación es el grito sin significado -Foné ásemo-) que se lanza cuando caen los enemigos. Dios sube, en efecto, comenta Alberto Ibáñez, por el hecho de que es encontrado por encima de nuestro pensamiento, hyperáno tes noéseos. Dios fue honrado con palabras que superan nuestro entendimiento, es decir, con oración de lenguas en el Testamento Antiguo.

¿Oró Jesús en lenguas?

Es muy probable que Jesús, Maestro de oración, orase también en lenguas. En la cruz, antes de expirar, “Jesús, gritando de nuevo con gran voz, exhaló el espíritu” (Mt 27,50). Se trata de una oración en gritos y gemidos, que San Lucas interpreta como: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). San Mateo, dice que “gritó de nuevo”. Antes Jesús “alrededor de la hora de nona clamó con fuerte voz: ‘¡Elí, Elí!, ¿lemá sabactani?’, esto es, ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’. Al oírlo algunos de los que estaban allí decían: ‘A Elías llama éste’.” (Mt 27,46-47). Muchos no entendieron en el grito de Jesús las palabras hebreas del Salmo 22,2. Cristo en la cruz ora con el grito y el gemido propio de la oración en lenguas.

Ante el sepulcro de Lázaro, Jesús ‘se conmovió en el espíritu’ (enebrimésato to pnéumati, Jn 11,33.38). Jesús no reprimió cierto sonido inarticulado de conmoción fuerte, pronunciado con el Espíritu y gimió y murmujeó por medio de su Espíritu. Esto es orar en lenguas.

Al regresar los setenta y dos discípulos de su misión, “Jesús exultó en el Espíritu Santo” (Lc 10,21). El verbo agal·liáo, llenarse de gozo en el Espíritu es otro equivalente para expresar el comienzo de una oración de bendición y de acción de gracias en lenguas. No podemos excluir este modo de orar en la vida de Jesús.

En otra ocasión, Jesús “dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dijo: ‘¿Por qué esta generación pide una señal?’.” (Mc 8,12). El texto griego dice: anastenátsas to pneúmati, gimiendo con el espíritu, esto es, orando no desde la razón, sino desde el espíritu. ¿Por qué Jesús no iba a orar también por nosotros con gemidos inefables? (Rm 8,26). Ante el sordomudo de Decápolis Jesús “levantando los ojos al cielo, dio un gemido (esténatse, de nuevo) y le dijo: ‘Effathá’, que significa ‘ábrete’.” (Mc 7,33). ¿No se trasluce aquí también la oración de lenguas, de gemidos o en el espíritu y en lengua distinta a la de sus oyentes?

Incluso en el Bautismo de Cristo en el Jordán algunos intérpretes han querido ver en la frase: “Descendió sobre él el Espíritu en forma de paloma” (Mc 1,10), una experiencia pneumática en Cristo, que según A. Ibáñez, se manifestó con un canto en forma de arrullo, gemidos y zureos de paloma.

Finalmente, la Carta a los Hebreos sugiere que Cristo oraba continuamente de un modo parecido al de la oración en lenguas: Cristo, “habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y deprecaciones con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente” (Hb 5,7). Las deprecaciones (hiketerías) con poderoso clamor y lágrimas recuerdan una vez más las características comunes de una oración en lenguas, que Cristo mismo utilizó en la oración del Huerto de los Olivos y en otros momentos de su vida mortal.

Oración eclesial en lenguas.

Es en Pentecostés cuando comienza propiamente la exaltación cristiana de la oración en lenguas. Baja sobre los apóstoles un desbordamiento del Espíritu Santo, en forma de lenguas como de fuego, y ellos se ponen a hablar en otras lenguas como el Espíritu les concedía expresarse (Hch 2,3-4). Los apóstoles están hablando un lenguaje distinto del habitual. Este lenguaje oracional es comprendido por unos misteriosamente en sus propias lenguas; otros, en cambio, no entienden nada y creen que los discípulos están borrachos. (Hch 2,11-13). Tanto si se trata de un fenómeno de xenoglosia (hablar en lengua extranjera) como si se trata de una glossolalia (mensaje no inteligible) hasta que el Espíritu de Dios no conceda una interpretación, Pentecostés es el comienzo de la posterior utilización de las lenguas en la oración de la Iglesia.

Se da una estrecha relación entre la recepción gratuita del Espíritu Santo y el orar en lenguas. Cuando Pedro predica a Jesús en la casa de Cornelio en Cesarea del Mar, “los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios” (Hch 10,45-46). En Éfeso, los discípulos que reciben el bautismo en el nombre de Jesús, “habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar” (Hch 19, 6). El mismo Espíritu Santo enseña a orar con los gemidos inefables de lenguas extrañas después de su efusión poderosa en los creyentes. La oración en lenguas existió en la primitiva Iglesia y, de un modo especial, en la iglesia de Corinto.

San Pablo y la oración en lenguas.

San Pablo distingue con claridad entre el orar con la mente y orar con el espíritu. “Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente” (1 Co 14,15). Orar o cantar con el espíritu es lo mismo que orar o cantar en lenguas, pues en ambos casos la oración es ininteligible y nadie le entiende, “pues dice en espíritu cosas misteriosas” (1 Co 14,2).

Cuando uno ora en lenguas en la asamblea, conviene que alguien “interprete, para que la asamblea reciba edificación” (1 Co 14,5). “El que habla en lengua, pida el don de interpretar” (1 Co 14,13). La interpretación no es una traducción de la oración individual en lenguas, sino una aclaración del mensaje, inspirada por el Espíritu Santo. La interpretación puede venir del mismo que hace la oración en lenguas (1 Co 14, 5c), o, más frecuentemente, de otro que recibe de Dios la sustancia del mensaje proclamado. “Si se habla en lengua, que hablen dos o a lo más tres; y que haya un intérprete. Si no hay quien interprete, guárdese silencio en la asamblea; hable cada cual consigo mismo y con Dios.” (1 Co 14,27-28).

Aquí San Pablo recomienda la oración en lenguas en privado. Se trata de un uso oracional muy común. Otras veces, se ora individualmente en una asamblea de oración. Entonces San Pablo pide el don de la interpretación para que la asamblea entienda y saque provecho espiritual. Puede ser que la oración en lenguas se haga en canto y comunitariamente: “Llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados (odaîs pneumatikaîs); cantad y salmodiad al Señor desde vuestros corazones” (Ef 5,18-19). Esos cánticos y salmodias inspirados por el Espíritu (pneumatikaîs) evocan claramente la oración comunitaria en lenguas. “Cantaré salmos con el espíritu (en lenguas), pero también los cantaré con la mente” (1 Co 14,15).

Para San Pablo, la oración en lenguas discernida y ordenada es buena y recomendable: “No impidáis que se hable en lenguas; pero hágase todo con decoro y orden” (1 Co 14,39-40). La conveniencia, el decoro y el orden mostrarán cuando es conveniente o no la oración de lenguas en público. En privado San Pablo no se opone a este tipo de oración: “Deseo que habléis todos en lenguas” (1 Co 14,5a). Y así ha sucedido, insiste Ibáñez, a lo largo de la historia de la Iglesia.

Observaciones finales.

Toda oración en lenguas debe ser discernida por sus orígenes, su desarrollo y sus frutos para ver si proviene del Espíritu Santo que ora con gemidos inenarrables en los creyentes. Hay expresiones de sentido oculto como los matras hindúes que se repiten insistentemente hasta producir un estado de concentración o hechizamiento, que no tienen nada que ver con la oración en lenguas. Ésta es producida por el Espíritu que desde la unción y la devoción interna lleva a las expresiones en lenguas, mientras que en los mantras, la repetición de las frases misteriosas produce como consecuencia un estado interior parecido al ensimismamiento. En sesiones satánicas se da el fenómeno de lenguas para adquirir poderes, pero nunca una oración en lenguas que alabe y glorifique a Dios. Estados mentales alterados de exaltación, paranoia o drogas pueden producir expresiones parecidas a la oración en lenguas, pero vacías de devoción y piedad verdaderas. Ni por su origen (Espíritu Santo), ni por su modo (sometimiento reverente al Señor) ni por su finalidad (glorificar a Dios) se puede confundir la verdadera oración en lenguas con sus caricaturas.

En cambio, en momentos de oración profunda resulta casi imposible comunicarse con Dios con nuestras limitadas expresiones semánticas y brota la oración en lenguas. “Parece legítimo llegar a la conclusión de que hablar en lenguas no es tanto el vértice de una experiencia emocional, sino más bien el límite de la capacidad humana de alabar a Dios, que es infinito. Después que se han usado todas las palabras, después que se ha apelado al universo entero y se han agotado todas las formas y todos los modos (cfr. Dn 3,5-90; Sal. 148; 149; 150, etc.) no queda más recurso que esta oración absoluta e importante, a la cual el Espíritu concede dimensiones de infinito”, cómo afirma eln P. Mario Panciera.

San Agustín expresaba la necesidad de la oración en lenguas con la maravillosa concisión de su latín: “Si eum fari non potes, et tacere non debes, ¿quid restat nisi ut iubiles?”: “Si no aciertas a hablar de Dios y, por otra parte, no te es lícito callar, ¿qué te queda sino que jubiles para que goce el corazón sin palabras y la inmensa amplitud de los gozos no tenga los límites de las sílabas?”. Para San Agustín jubilar es lo mismo que orar y cantar en lenguas.

No importa mucho la pobreza o la repetición de los mismos sonidos: “Al orar en lenguas, aunque sólo se repita una palabra o los mismos sonidos al oído humano, la oración varía infinitamente, explica M. Iragui, pues es el Espíritu el que determina su sentido; y el Espíritu es simpre nuevo, original y creativo….. Hoy son muchos los millones de cristianos que oran en lenguas. El Espíritu se sirve, sin duda, de ellos para bendecir a muchísimos millones. Si el Señor te da el deseo de orar en lenguas, ofrece tu lengua al Espíritu y acéptalo con humildad y sencillez cuando aflore”. Las raíces psicológicas del lenguaje y el mismo subconsciente humano se someten a Dios y se purifican en la oración en lenguas. El modo de orar no importa mucho; lo que sí interesa es que el Espíritu de Dios guíe tu oración y te enseñe la oración con gemidos inenarrables y con salmos espiritualmente inspirados.

TESTIMONIOS

“¡OH QUE BUENA LOCURA HERMANAS!”

Santa Teresa de Jesús hablaba en sus Sextas Moradas de una oración de “algarabía”, con un lenguaje ininteligible y parecido a la lengua complicada de los árabes en España, que, a veces, utilizaban sus monjas carmelitas en su oración y en sus recreos. Habla así la Santa reformadora:
“Da nuestro Señor al alma algunas veces unos júbilos y oración extraña, que no sabe entender qué es… Es, a mi parecer, una unión grande de las potencias, sino que las deja nuestro Señor con libertad para que gocen de este gozo, y a los sentidos lo mismo, sin entender qué es lo que gozan y cómo lo gozan. Parece eso algarabía, y cierto pasa así, que es un gozo tan excesivo del alma que no querría gozarle a solas, sino decirlo a todos, para que la ayudasen a alabar a Nuestro Señor, que aquí va todo su movimiento….. Esto debía sentir san Francisco, cuando lo toparon los ladrones, que andaba por el campo dando voces, y les dijo que era pregonero del gran Rey; y otros santos, que se van a los desiertos por poder pregonar lo que san Francisco, estas alabanzas de su Dios. Yo conocí uno llamado fray Pedro de Alcántara (que creo lo es, según fue su vida) que hacía esto mismo, y le tenían por loco los que alguna vez le oyeron. ¡Oh qué buena locura, hermanas, si nos la diese Dios a todas!”
TERESA DE JESÚS

“Parecían hacer coro los pájaros”

Citaba el P. Alberto Ibáñez este testimonio breve entre otros muchos:
“En la Convivencia con Cristo, después de la imposición de manos, ya frente al Sagrario, comencé a escuchar cantar en lenguas y me escuché… ¡Aleluya! Yo no te lo había pedido, Señor… ¡Aleluya!… Ya de noche, en vela uní mi canto al de tu creación. Sí: me parecía que todos cantábamos el mismo himno; luego surgió un chi schuí extraño, al que al amanecer parecían hacer coro los pájaros… Y como Tú me creaste para ello… Gracias, Señor”.
Alberto IBÁÑEZ, S.J.

“Con sinceridad le doy gracias al Señor por el don de lenguas. Ha sido un don hermoso especialmente cuando oro por mí misma y por otros cuando no sé ninguna otra manera de hacerlo. Ahora todo parece muy fácil -sólo dejar al Espíritu orar por medio de usted. También me ha ayudado a crecer el estar abierta al amor de Dios, a la curación y a otros dones del Espíritu. Yo realmente creo con todo mi corazón que este don nos mantiene abiertos al Espíritu y yo oro en lenguas todos los días”.

Festividad Corpus Christi


Historia de la Solemnidad del Corpus Christi

Documento ACI Prensa

A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.

Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.

El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.

El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula “Transiturus” del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la Iglesia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.