La confianza en Dios


images (1)

Cuando tomamos nuestra cruz para seguir a Cristo, estamos diciendo que no importa cuán grande es nuestro dolor o sufrimiento, que vamos confiados siguiendo a Jesús. Es que tomar la cruz y seguirle es encaminarnos hacia la santidad. Cuando hemos aceptado ese reto, entonces es cuando nos dejamos convertir por el amor de Cristo, pero eso no solamente se queda allí en una “conversión” ficticia y sin sentido porque, existen momentos en los que las realidades de la vida nos desaniman y entonces ya no queremos seguir cargando la cruz. Pero, cuando dejamos que esa cruz nos transforme, es decir que nuestro corazón confía plenamente en ese amor que nos sostiene, entonces sabemos que estamos dando los pasos firmes para la santidad.

Esa es nuestra misión primordial, la de alcanzar la santidad por medio de una transformación real de corazón y no simplemente de una “conversión” externa que no profundiza en el amor de Dios. El Nuevo Catecismo nos dice: “A los apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios.”

Pero, ¿cómo realizaremos esa “misión”? Es más, ¿Qué es la misión a la que estamos llamados? Nos dice el Nuevo Catecismo: “Así, todo laico, por los mismos dones que ha recibido, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma “según la medida del don de Cristo.”

Todos y cada uno de nosotros recibimos un bautismo, que nos invita a hacernos partícipes del conglomerado de la Iglesia, sabiendo que cada uno tiene su parte integral en el Cuerpo. Recordemos lo que nos dice Pablo en la primera Epístola a los Corintios 12: 24-27, en donde expresa que, todos somos parte de un sólo Cuerpo místico de Jesús y que, aun siendo parte del mismo Cuerpo, todos somos diferentes, pero con la misma función de hacer que el Cuerpo se mantenga firme y saludable y no solo eso, sino que, además, es nuestro deber de vigilar que así como parte del Cuerpo, debemos de llevar una vida santa y sin mancha (Lev 19: 2; 20: 26), de la misma manera, vigilar también para que los otros miembros del Cuerpo lleguen a la misma santidad. En términos bíblicos, “santidad” significa “apartado para el Señor.”

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. El Apóstol les amonesta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5: 3) y que como «elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia» (Col 3: 12) y produzcan los frutos del Espíritu para la santificación (Ga 5: 22; Rom 6: 22). Pero como todos caemos en muchas faltas (St 3: 2), continuamente necesitamos la misericordia de Dios y todos los días debemos orar: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6: 12).

Formados en el sufrimiento:

Debemos de entender que el propio camino de la santidad, implica en muchas ocasiones, atravesar un momento de sufrimiento y ciertamente de dolor, ya que, ello mismo es lo que nos conduce y nos dirige a la virtud real en nuestras vidas. Leer 2 Cor 6: 1-10

El verdadero cristiano, reconoce que el sufrimiento es esperanza y reto. Con frecuencia una persona puede “seguir en su jornada,” porque ha sido moldeado espiritualmente por el dolor y el sufrimiento. Leer 2 Cor 12: 1-10. Leemos también en Lumen Gentium: “Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados (Mt 5: 1-11), y «el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un breve padecer, los perfeccionará y afirmará, los fortalecerá y consolidará» (1 Ped 5: 10).” LG 41 párrafo 6

San Pablo escribe: “Nos sentimos seguros hasta en las pruebas, sabiendo que de la prueba resulta la paciencia; de la paciencia, el mérito, y el mérito es motivo de esperanza.” (Rom 5: 3-5). Al reconocer esto en nuestro servicio, entonces podremos comprender el amor verdadero al que estamos llamados en camino hacia la santidad con la cruz sobre nuestros hombros. Porque Jesús nos dice en el Evangelio, “…si se aman los unos a los otros, en eso reconocerán que son mis discípulos.” Jn 13: 34-35

Por otro lado, como bautizados en nuestra bendita Iglesia, somos movidos a actuar más allá de nuestro egocentrismo en favor de los necesitados porque conocemos a Cristo en la profundidad de su propio sufrimiento. A esto somos llamados.

“El llamado de los laicos a la santidad es un regalo del Espíritu Santo. Su respuesta es un regalo para la Iglesia y para el mundo.” Conferencia de Obispos Católicos

Este llamado, además de invitarnos a la santidad, nos encamina así mismo a la madurez espiritual. Ya no podemos dedicarnos a servirle a Dios con una actitud de niño malcriado. No podemos decir que nuestro servicio está en el de evangelizar cuando somos unas pequeñas criaturas que se quejan de todo en la vida. Nos hemos vuelto berrinchudos y caprichudos y hasta nos tiramos al suelo poniéndonos de verde y morado cuando no se hace lo que queremos sobre los demás. Es imposible alcanzar nuestro destino sino estamos dispuesto a madurar espiritualmente. Leer Heb 5: 12-15

Si estás pasando por alguna situación difícil en tu vida razón o situación en tu vida hoy te sientes débil, debo recordarte que el poder de Dios vive en ti.

¿Te han insultado últimamente? ¿Estás padeciendo algún tipo de necesidad emocional, física, material? ¿Haz sido perseguido, difamado? ¿Por alguna razón te sientes angustiado?

Tengo que decirte algo: “En cualquier momento, vas a ver con tus propios ojos, manifestado El Poder de Dios: En tu vida, en la de los tuyos, en tu trabajo, en tus finanzas”.

Sólo recuerda, que DIOS obra con SU poder, y a veces de una manera tan grande y tan suprema, “mucho más allá de lo que podemos entender”.

Pero, por lo pronto, en medio de tu debilidad o tu necesidad, debes sentirte seguro que la presencia del Dios todopoderoso habita dentro de ti. 

Tú caminas, hablas, sonríes, obras con el convencimiento de que tú eres portador de su unción y poder a donde quiera que vayas.

Aunque a veces momentáneamente no lo veas o no lo sientas, TÚ eres hijo, hija de Dios, y recuerda que su poder se manifiesta en el corazón humilde y en la debilidad.

El Apóstol Pablo le rogó a Jesús que le quitara una aflicción personal que azotaba su vida, y una carga que aparentemente era para él una limitación. Jesús le dio esta respuesta, la que luego el Apóstol Pablo escribió:

2 Corintios 12:9-10,   “Y me ha dicho (Jesús): «Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad».”

…Por tanto,  de buena gana (dice El Apóstol después de escuchar esa palabra directamente de Jesús), me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades (o limitaciones), en insultos, en necesidades, en persecuciones, en angustias. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte…”

En otras palabras, si hoy te sientes débil, triste o angustiado, una vez más levanta tu rostro con firmeza y echa mano del gozo de Jesús en medio de tu tribulación que escrito está que en el punto más bajo de tu vida, es cuando el poder de Dios se manifiesta de la manera más grande y maravillosa.

Espéralo, es seguro. Dios nunca falla. Tú sigues siendo su hijo amado.

Cuando vienes a Cristo en reconocimiento de tus debilidades, Él a menudo cambia tu mayor debilidad en tu mayor fortaleza. A Dios le encanta cambiar nuestra mayor debilidad en nuestra mayor fortaleza. Si sientes que tienes una fe débil o incluso que no tienes fe, depende de Dios y permítele cambiarte en tu mayor fortaleza.

Pero eso sólo pasa a través del poder de Dios. La Biblia nos dice que hay una conexión directa entre la fe y el poder. Entre más fe tienes en Dios, más poder y más bendiciones tendrás en tu vida.

Jesús ilustró esto en Mateo 13, donde fue a una visita en su ciudad natal, Nazaret. La Biblia dice: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra y en su propia casa. Y por la incredulidad de ellos, no hizo allí muchos milagros.”  

Dios bendice a la gente que no tiene miedo de confiar en Él completamente. Cuando le das tu confianza, Dios te llena con Su poder. En la Biblia, Abraham es considerado el padre de la fe. Dice: “Ante la promesa de Dios no vaciló como un incrédulo, sino que se reafirmó en su fe y dio gloria a Dios.” Romanos 4:20

 

La gracia de Dios


La-Gracia-De-Dios

Gracia es palabra que denota la belleza, la bondad, el encanto, el reconocimiento (la lengua española tiene una palabra bellísima: ¡gracias!).

Para la fe cristina la gracia encierra todos estos significados y mucho más: designa el amor que el Señor manifiesta por todos los hombres. Tal amor culmina en el don que Dios hace de su propio Hijo Jesucristo, el cual se hace hombre para que los hombres lleguen a ser hijos de Dios y herederos de sus bienes, llamados a habitar en su misma casa, el Paraíso.

La gracia, esto es, la vida divina en nosotros, es ofrecida por Dios generosamente, no se niega nunca a nuestras oraciones, y en la justa medida nos socorre en nuestras necesidades.

Los hombres tienen un solo deber: el de acogerla. Aun cuando pueda parecer increíble, a menudo el hombre no acepta este don maravilloso del amor de Dios. Pero Dios insiste y nos repite a cada uno de nosotros como al Pueblo de Israel: “Abre la boca, que te la llene” (Sal 81, 11). Ábrela, pues, de otro modo continuarás vagando por el desierto, en la estepa, y serás infeliz.

San Agustín, que había experimentado la soledad de quien está alejado de Dios, ha podido pronunciar aquellas famosas palabras: “Mi corazón está inquietud, Señor, hasta que descanse en ti”.

A menudo confundimos misericordia y la gracia con frecuencia. Mientras que los términos tienen significados similares, la gracia y la misericordia no son lo mismo. Para sintetizar la diferencia vemos que, misericordia es que Dios no nos castigue como lo merecen nuestros pecados, y gracia es que Dios nos bendiga a pesar de que no lo merezcamos. La misericordia es la liberación del juicio. La gracia es la bondad que se extiende a quienes no la merecen.

De acuerdo a la Biblia, todos hemos pecado (Eclesiastés 7:20; Romanos 3:23 y Juan 1:8). Como resultado de ese pecado, todos merecemos la muerte (Romanos 6:23) y la condenación eterna en el lago de fuego (Apocalipsis 20:12-15). Considerando eso, cada día que vivimos es un acto de la misericordia de Dios. Si Dios nos diera lo que merecemos, todos estaríamos, ahora mismo, condenados por una eternidad. En Salmos 51:1-2, David clama, “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado.” Una súplica a Dios por misericordia es pedirle que detenga el juicio que merecemos, y en vez de ello nos conceda el perdón que de ninguna manera nos hemos ganado.

No merecemos nada de Dios. Dios no nos debe nada. Todo el bien que experimentamos, es el resultado de la gracia de Dios (Efesios 2:5). La gracia es simplemente un favor inmerecido. Dios nos da cosas buenas que no merecemos y que nunca podríamos ganar. Rescatados del juicio por la misericordia de Dios, la gracia es cualquier cosa y todo lo que recibimos más allá de esa misericordia (Romanos 3:24). La gracia común se refiere a la gracia soberana que Dios otorga a toda la humanidad, independientemente de su condición espiritual ante Él, mientras que la gracia salvadora es esa dispensación especial de gracia, por la que Dios extiende soberanamente la inmerecida asistencia divina sobre Sus elegidos para su regeneración y santificación.

La gracia es un don sobrenatural mediante el cual Dios nos hace partícipes de su vida trinitaria.

¿Cómo se divide la gracia?

La gracia se divide en santificante y actual.

¿Qué es la gracia santificante?

La gracia santificante es un don permanente y sobrenatural, es decir, superior a las posibilidades de la naturaleza, que eleva y perfecciona nuestra alma haciendo que seamos hijos de Dios y herederos del cielo.

¿Qué es la gracia actual?

La gracia actual es una intervención de Dios que mueve al alma hacia el bien sobrenatural?

¿Por qué se llama actual?

Se llama actual porque no es una cualidad permanente, sino una ayuda transitoria.

¿Hay alguna relación entra la gracia santificante y las tres virtudes teologales?

La gracia santificante está siempre acompañada de las tres virtudes teologales y de los dones del Espíritu santo.

¿Es verdad también lo contrario, esto es, que las tres virtudes teologales están siempre unidas a la gracia?

No, lo contrario no es siempre cierto, porque también quien está privado de la gracia santificante puede conservar la fe y la esperanza, mediante las cuales con la ayuda de la gracia actual puede comprender el camino de retorno a Dios, es decir, de la plena conversión.

¿La gracia santificante es compatible con el pecado mortal?

La gracia santificante no es compatible con el pecado mortal, que se llama precisamente “mortal” porque, haciendo perder la gracia santificante, destruye la vida sobrenatural del alma.

¿Qué es la justificación?

La justificación es el pase del estado de pecado al estado de gracia.

¿Cómo viene la justificación?

En quien no está bautizado la justificación viene a través de la fe que conduce al sacramento del bautismo. Por el contrario, en el caso de un pecador ya bautizado la justificación viene mediante el sacramento de la Penitencia o Confesión.

¿Qué significa la expresión: “estar en gracia de Dios”?

“Estar en gracia de Dios” significa poseer la gracia santificante, es decir, tener el alma libre del pecado mortal.

¿Es importante vivir la gracia de Dios?

Vivir en gracia de Dios, y en particular morir en gracia de Dios, es la única cosa verdaderamente importante para el hombre.

¿Cómo se llama el don por el cual el hombre obtiene morir en gracia de Dios?

El don por el cual el hombre obtiene el morir en gracia de Dios se llama “perseverancia final”.

¿Cómo se puede obtener la perseverancia final?

El gran don de la perseverancia final puede ser obtenido con la oración humilde y confiada, hecha confiando sobre todo en la intercesión de la Bienaventurada Virgen maría, a la cual pedimos a menudo que interceda por nosotros “en la ora de nuestra muerte”.

¿Qué es el mérito?

El mérito es un cierto derecho de recibir una recompensa por las propias acciones. Dios concede gratuitamente este derecho a quien está en estado de gracia, por el cual las acciones buenas realizadas por el hombre merecen un aumento de la gracia misma y, si el hombre persevera hasta el final, la vida eterna.

¿Qué es la santidad cristiana?

La santidad cristiana es aquel estado en el cual el hombre, habiendo así alcanzado la plena conformación con Cristo, vive la caridad de manera perfecta bajo la guía del Espíritu Santo.

Aciprensa